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27 marzo 2008

DESESPERACIÓN POÉTICA




Tengo poesía haciéndome trizas,
me amarra el corazón con sus alambres,
me fatiga,
me obsesiona a cometer un fraude,
una estafa, un delito.


Hoy la poesía quiere conversar
mientras tritura entre sus dientes
los pichones de mi felicidad.


Quiere cargarme en su lamento,
convertirme en remero.


Se me ha enfrentado y me ha caído de repente.
Me ha dejado pulverizado.


Me queda el desahogo, el naufragio,
siento que esta noche será un periplo
y quiero romper el remo antes de sentir la catarata,
ya me mutilé los oídos
para no escuchar el silencio de las islas desabitadas
pero la poesía ha puesto sobre la plancha de la muerte
a mi alegría.


Hoy siento que seré el amanuense de una tétrica alquimia:
la noche me está gravitando y presionando,
el grito no puede agujerear
aunque me corte las manos y me realice una lobotomía
la extraña y meditabunda criatura que se aniquila
seguirá arrastrándose hasta el precipicio mismo de mi lengua.


Quiero destrozar el bote,
hundirme si es preciso,
atragantarme con la sangre de un suicida
pero no seguir
no seguir con este impulso misterioso
que se puso de repente en este día
a girar destrozando mi salida.


No lo quiero
que me lo extirpen
y se lo pongan a otro entre los huesos
por un instante
por un segundo.


Dios, esa palabra que se busca para sentirse salvado
Dios, ahórcame entre tus barbas
ponme de amuleto entre tu pecho
pero sálvame de esta palabra que me habita.

DELIRO DEL ORADOR ATRIBULADO




DELIRO DEL ORADOR ATRIBULADO

Si me fuera preciso hablar,
enrollarme las palabras en la lengua
prepararlas para una parrillada o una picada.
Si me fuera preciso desenredar la expiación
y afirmar como entre nubes las formas de la lluvia.

Si vinieran ahora mismo a tocar encima de mi nombre
y se metieran a empujones
a sacarme el alma
y decir que tengo que decirlo todo
como si fuese Adán antes de ser expulsado.

Entonces, estaría bien que comenzara por los signos
por los piélagos marchitos flotando en cada cuerpo
sería bueno comenzar diciendo “no más”
y luego entablar la ausencia como un crepúsculo.

Estaría de acuerdo con arrojar una botella al mar
con una araña saltarina del Himalaya
para que conozca lo que nunca ha conocido..

Si me fuera posible desbaratar el sonido de un ojo
creería que lo mejor es un comienzo
un encuentro en cualquier parte
Una historia naciendo en la sonrisa.

OBSTINACIÓN




Tengo un corazón reprimido,
recostándose en lado más doloroso de mi amor,
tengo un silencio congestionando, ahogante,
casi apunto de desbordarse en llanto.


Mi rostro se parece mucho a cierta palabra
que no he podido sufrir con toda la muerte que me falta.


Tengo simplemente ganas
de arrojarme por un camino de hormigas
hasta el centro mismo de su entraña.


Hoy estoy obsesionado con cierto lamento,
con una tristeza inmensa parecida al rostro de un niño
que ha perdido para siempre sus abrazos.


Presiento alrededor de mi cariño una cofradía,
mi mente atribulada de estrellas apagadas
va cayendo desesperanzada hacia la honda cuenca
de estos ojos que sólo quieren dejarse perder,
cegándose para siempre en la distancia.


Es hoy mi corazón
un desorden de otoños empujando mi pasado,
creo que pariré a la medianoche un resfrío
parecido al aliento
que dejan los pájaros recién muertos en sus nidos.


Y este silencio
este silencio
que ya no entiendo
pero que justifica mi existencia.
Por qué no me disparo un relámpago,
por qué no me lanzó hacia el vértigo...
la tristeza es mi destino.


Entre líneas, veo un hombre defraudado
queriendo arremolinarse hasta el comienzo,
un hombre intentado romper el hilo
y quedarse para siempre vagando en el laberinto.


Veo un hueco hecho en toda la mitad de la ilusión,
un gusano riendo entre la herida.
Si me preguntas a que me parezco,
tendría que mirarme ante el espejo
y desgarrarme la huraña máscara
para poder al menos presentir que tengo
una criatura abismal entre los ojos.


Si preguntas por mí, a mí
quizás sólo pueda decirte
que me fui haciendo extraño
que me jubilé a destiempo
y que quedé en una casa solo
sin siquiera poder conversar con mis fantasmas.


Si preguntas a otros por mí
a lo mejor puedan darte más señales:
que tengo una sonrisa que traiciona mi melancolía,
que el corazón se me agrandó
hasta generarme un tumor de ternura en los brazos
y a lo mejor concluyan con alguna imagen de ese otro
que le gustaba guiñar el ojo cuando comía tamarindos
y no es bueno reprochar tanto viento
y beso dado de frente en el camino
después de todo, me tiraron sin alas a este mundo,
que aunque quisiera
pasaría la noche en vela arrullando este fantasma;
pero no quiero
no la quiero hoy
la poesía no la quiero hoy
quiero maniatarla,
amarrarla a la pata de mi cama
y verla berrear como un chiquillo
hasta que se le pase el capricho.

LA NOCHE DEVASTADA.

una verdadera obra, felicitaciones creador.!


A veces un disparo despertaba en la noche nuestro terror
entonces
nuestra carne como las colas de las zarigueyas
comenzaba a heder esplendente
ante la presencia asustada de los ojos
que aún no reconocían por cual esquina del pueblo
es que arreciaría la muerte con su tropa de lamentos.


El mundo entonces era una gran noche
tiritando entre el abrazo compartido
de seres sabiéndose espantados.
No había espacio para las lágrimas
prematuramente deshilvanadas
sobre la piel que comenzaba a tiritar
ni tampoco tiempo para despedirse
con un beso perpetrado sin hielo entre los labios.
Tan sólo estaba la inutilidad de la sombra
bregando a ocultar la taquicardia
puesta de improviso en las costillas
y un vaho de pánico
preparando el cuerpo para la quietud de los huesos.


Era todo entonces tan inservible
para el escondite de nuestras venas
hinchadas de familia.
La noche dilatada en el escalofrío de los árboles
y en el silencio de los grillos
parecía a veces reanudar su tierno cauce
de sueño y copula estrellada
mas regresaba el estertor de un mudo ruido
formando la corriente eléctrica del miedo
y entonces los labios invocaban el abrazo
de las alas franquicias más cercanas
a nuestros asolados estremecimientos.


El niño y el adulto eran
una masa informe de pavor y desmayo.
Nada entonces valía la pena
salvo una muerte rápida
sin ningún dolor entre las manos.
Se anhelaba la desaparición
como algo que al fin dejara
calmada la casa para siempre
y el último deseo era que
al cerrar los ojos todo por fin finalizara.


Esos momentos siguen respirando
en la piel que aprendió el color de los fantasmas.
A veces regresan con todo el tumulto de su espanto
como si empujaran el sueño
hacia el último despertar .

07 marzo 2008

UNA DE AMOR



Al mejor estilo Girondo-Benedetti




Te lo voy a decir de una vez por todas.
La cuestión está, en que tú existes
exclusivamente para mi amor.
A mi que me importa el mundo.
Sin tí esta tierra orgásmica
centrífugamente inclinada hacia su propio ardor
sólo me parece un mero atributo del peso.
Bien puedo seguir existiendo así,
sin saber si el mundo es un celular
Evaluado en el precio que impongan a mi gusto.


"Me importa un comino".
Lo sabes.
Un buen bosque vale todo
lo que mis ojos puedan contemplar en su paseo
pero que me falte por una millonésima de espacio
tu cuerpo,
tu mirada adormeciéndose
como un cachorro entre mis manos,
No.
No puedo tolerarlo.
Moriría.
Simplemente, dejaría de existir,
de ser,
de poder verle la esquina a la madriguera.


Me perdería en el recodo más pequeño
de cualquier tristeza
y sabes que eso,
es a simple vista,
el hormiguero perfecto
de todo lo que sirve
para concluir de veras
que sólo existes para mi amor.


Que bien puede servir
ese asombro seductor de tus labios
que se suspende siempre al borde de los míos
para asegurarlo todo.


El amor,
Créelo,
no puede estar en otra parte.

11 enero 2008

poema que jamás debí escribirte...pero me ganó el deseo







Deseo gastarte por completo, con prisa,
temerario ante todos tus encantos.


Deseo vaciarte en un instante,
en una silla, en un parque,
en cualquier parte.


Deseo absorberte con afán,
ansioso hasta el delirio.


Quiero que entres en mí, que me acabes,
que me llenes la cabeza de escalofrío y de silencio.


Deseo llevarte dentro de mí,
en mis brazos, en mis venas, más adentro.


Deseo tragarte, comerte,
engullirte en medio de la brisa y de la calle,
ante la mirada aterrada de los ausentes,
huyendo de los perseguidores de sueños
convicto de la ley natural que procura envejecerme.


Deseo tenerte adentro,
embarazarme con tus sueños,
con tus engendros.


Deseo robarte la piel,
usarla de cobija y llevarla a todas las salidas.


Deseo vivirte, gozarte, consumirte,
antes de que mueras,
antes de que desaparezcas en cualquier esquina,
antes de que me haga viejo
y no pueda ni siquiera recordar tu nombre,
antes de que caven una fosa
y me entierren acompañado por seres que aun no he conocido.


Antes de que termine este presente,
este instante, ahora que te conozco tanto,
que sé que eres carne, rubor,
humedad por dentro, pulso acelerado,
ahora que puedo recordar tu enigmática mirada
y tus sencillos dientes,
ahora que puedo describir
la cara de intranquila que te dieron,
ahora que reconozco el temblor en tus piernas;
el orgasmo.


Ahora que sé que has leído algo,
que has visto poco, que has olido
y has temido a la tardanza.
Ahora que sé que te gusto, que sé como besas
y reconozco tu lengua entre mi boca,
ahora que he empezado a dudar
porque sé que te iras, que no iremos,
que no estaremos quizás mañana en este mundo
y en otra historia,
ahora que he pensado en ti, en mí,
en nosotros, en la ausencia,
deseo retenerte, preñarme con tu sombra
y parirte cada noche.


Deseo que te llegue este poema,
que lo leas, que lo rompas, que lo quemes
y veas arder todos mis deseos.


Deseo que eso hagas para que comiences
a desear con instinto, sin miedo, sin tardanza.
Eso deseo, y mientras busco la forma de lograrlo…
el tiempo pasa.
Y nada puedo hacer,
sino tan sólo desear que mueras,
como todos,
sin saberlo.

Pretensión.








Sólo sé que un solo beso
en toda la mitad de la noche
basta para que el sol sufra
como sufren los enamorados.


También sé,
que una sola caricia,
resbalando por tu vientre,
es suficiente
para no dejar tranquilas las estrellas
y que rozar la pequeña crispación
vellosa que protege tu deseo
es bastante ya
para que el universo padezca
de insomnio toda la eternidad.


Pero yo sólo pretendo
una pequeña cosa
y es que
el menor recuerdo de mí en tu memoria
pueda producirte una sonrisa.

03 enero 2008

ARTE POÉTICA





Nadie te salvará de la tremebunda llegada de la mañana.
Esa bestia resplandeciente que busca la vigilia
te caerá de golpe sobre la inocencia lograda del sueño.


Nadie te ha murmurado,
un segundo antes de que aparezca,
el espacio dónde comienza el día.


Siempre te levantarás con los parpados sedientos,
rasgando a manotazos monstruosos
la transparencia del tiempo,
arrojándote con rabia sobre tu propia sombra,
reconciliando de nuevo a tu silencio
ese revoltijo de cachivaches
que sirven para disfrazar bufonamente
la gota de resina colgada en tu garganta.


Llevas una espina infectada y saliente en cada omóplato
que al primer manoseo del rosicler te reprochan
por un batir cercenado de viento.
Tienes encarnado entre tus dientes
el fermentado tufo de un ángel golpeado por la noche.


Es tuyo el gran puñado de onomatopeyas que arrojó,
el histérico Adán, sobre el pantano,
eres responsable del croar en los fangos y
de los escarabajos a los que Caín
les incendió el vientre para arrullarse el remordimiento
con algo que se pareciera a las estrellas de su infancia.


Eres culpable de la apisonada caricia
que confabularon los caballitos del diablo
para germinarte en lo profundo del pecho el corazón:
calabozo estremecedor de tu espíritu.


Los pastizales enceguecidos de sol
te escarbaron con coraje el vientre
buscando las espigas veraces de un dios
pero lo único que encontraron
fue residuos de cometas apagadas
que sólo contienen la desmejorada espiral
del esqueleto de un ángel caído de bruces
sobre un raizal incendiado.


La aurora siempre busca tu cordón umbilical,
tu marca de hierro:
eres heredero de la infamia,
de tu padre verdadero que fue condenado al ostracismo.


Ya no tienes la gótica aureola
que te servía para esnifar los días
como si fueran tan sólo
exquisitas cenizas de un dios cremado,
sin embargo, escondiste ciertos jeroglíficos
en la víscera pavorosa de las rocas,
en los fracturados huesos de la brisa
que enterraste en las raíces de los árboles,
en la espeluznante conciencia
de la mirada de un niño recién nacido
y sobre todo
en la sangre meditabunda
que comenzó a figurarte un alma hecha de carne.


No te salvarás de la filosa caída de la guillotina
todas las madrugadas,
nunca podrás esconderle a las crestas de los gallos
tu exquisito sueño,
el cuerpo como una máquina mortífera te irá gastando
hasta llevarte a la verdadera pesadilla
pero tu seguirás, testarudo,
transfigurando con palabras poderosas
cada rosa puesta en El Jardín de las Cenizas.


Cada día te levantarás a pulir,
con algo de ira entre los puños,
las arsénicas puntas de hierro:
con ellas te irás por el día
cazando ángeles distraídos
como si fueran simples monos perdidos en la selva.


Así tu arte, nacido de la lava y la locura,
creado como venganza
por aquel que nunca temió de sembrar palabras
en los pezones de la galaxia estupefacta.

PRESENCIA DE LA DESPEDIDA.



Aquí tienes tu manera de ser,
tus palabras dormidas.


Héctor Rojas Herazo.




Algún día te sentarás a recordarte
y entonces
un doloroso brotar en tu espalda
te hará intuir el abandonado derrumbamiento
que irán teniendo las cosas en tu ausencia.


Por tu trajinado pensamiento
una obstinada incomodidad
te irá llevando a medir con silencio
el vago bulto de huesos y arrugas
que hiciste posible entre los días.


¡Cuándo se te irá el deseo!,
¡la fuerza!,
la sombra…
Son preguntas que seguirán cercando tu presencia.


Con algo de sorpresa
te volverás a observar ante el espejo
y compadecerás el rostro
que al otro extremo
seguirá mirándote extrañado:
rostro estupefacto que se asomará arisco
y al que le seguirás notando
cierto temblor nervioso entre la carne.


La sangre,
entonces,
te navegará, calmosamente, en su oleaje tobogánico
por esa enredadera de años que te pusiste encima.


Los porqué de tu existencia
seguirán cercándote el vacío
y la agonía se parecerá cada día más
a un estar perdido en un no supiste nunca.


Este momento lo has vivido:
te ha llevado por la historia muchas veces
y te ha acometido sin respeto
cayéndote de golpe en cualquier parte de tu vida.
Abrazado a un desnudo cuerpo
alguna vez te fuiste divagando
y pronto tu perversa manera
de poner en la nada tu mirada
hizo que tu amante
se estremeciera de espanto
ante la sóla idea de pensar que te perdía.


Por eso sabes que algún día
la zozobra te llegará con todas su demandas a cobrarte.


Entonces,
esto también lo has vislumbrado
con algo de rabia y vergüenza entre los dientes,
te sentarás resignado al borde de la cama,
te saldrán algunas lágrimas,
te revelarás algunas respuestas tardíamente justas
y comenzarás con lúcida paciencia
a despedirte de todas las cosas que te amaron.

HABLÁNDOME.







(Profecías de un zahorí leyendo una hoja en blanco todavía).


Por encima del ojo-color-crepúsculo
vacila un trozo de omnipresencia
en perseguir una sombra.


Cercado, en una esquina por el viento,
el negro-nada,
juega libre,
pasando de silueta a hilo,
en una calle sin salida.
Entre el clarinete, casi saxofón o flauta,
brumado por los dedos,
de pronto, comienza a desperdigarse
como pedido por el olvido
un mudo ruido de labios
que estaban acostumbrados al sueño de una pipa.


Resbala hacia el blancuzco órgano de la víscera entreabierta,
por esta hoja que dirá algo aún no conocido,
quizás nunca conocido,
el cráneo hecho trizas de un bebé
destripado dentro del útero
colgado en el azahar primero de un naranjo
pero a pesar de poder verlo todo
con la claridad de un ángel incendiando el universo,
no lograrás nunca el milagro,
estas imágenes te acosan, te oprimen,
te deliran y se escapan,
no llegan nunca a ser cosa existiendo
y quizás tampoco tu lo seas.


Saber de la inutilidad de afilar un cuchillo
en la palma de las manos
o de vendar con caricias
la enrollada lengua de gemidos de un clítoris
hacen posible la resistencia a tanto sueño
pariéndose en los párpados.


Cosas como esas se presienten
en la penetración de cualquier orificio humedecido
hecho de fuego.


El retrato consiste en momificarse el llanto,
en dejar que lleguen ciertas palabras a comerse la carroña.
Un desfallecimiento,
un fallido balín de colesterol rompiéndote las venas,
un curvado punto entre la espalda y las nalgas
parecen pidieran desmembrarlo todo
pero sólo son cardúmenes
devorando tu monstruo aún crudo en la ceniza.


El trueno de un avión sin rayo colándose en el aire,
precipitándose por la incierta autopista de las golondrinas
acompaña, no sólo,
el instante pensado de un reloj detenido
justo cuando la ventana deja entrar el mediodía,
sino también,
al chinchintor que aferrado a tu sombra
evidencia el cadáver.


Atrapado en la desmemoria
de una sonrisa anciana que te alcanzará algún día
el hombre, que has echado a vivir en tu esqueleto,
se siente,
a pesar de todo,
con mucha muerte encima siendo amiga.


El poema nunca sale de un rumiado tren pasando por el recuerdo
o de los besos que diste en unos labios sucios de existencia,
no es la conjunción de una tristeza recuperando el amor que nunca estuvo
o de esa congoja de sentirte solo sin saber que tirar contra los muros.


Las cosas precisamente no sirven para hacer poemas,
sino para ir y venir con insistencia entre la nada y el instante.


La expresión,
entonces justa,
para inventar el endeble endriago de tus sueños
parece estar en el maullar de un gato copulando en tu tejado.


Un presentimiento,
una agonía que te llega y te levanta
y te empuja a vomitar alguna cosa
para ser luna bruñida en el charco de los ojos
te parecerá el aparejo preciso
para rellenarte con hojarasca las entrañas.


La insatisfacción estará siempre en el punto final,
tenlo presente,
dejando Nada,
en lo que no fuiste capaz de desnucar con tu silencio.

ACUARELA CON BESTIA ENSIMISMADA EN LA MEMORIA.







Algo demasiado profundo en la nostalgia,
sigue manteniendo la temperatura de mi lava,
palpita sediento como una víscera arrancada de tajo.


Aún, a veces, siento el mar demasiado oscuro
como si tuviese una criatura terrible en la mirada:
en su atroz espuma que posibilita para siempre
el grito del náufrago en la costa.


El presentimiento entonces parece recomenzar tu cuerpo;
el húmedo olor de tus piernas
que prefiguraba tu monte de venus arrasado por la lluvia,
tu nostálgica manera de despedir atardeceres
y tu impávida costumbre de perderte en el silencio.


El tiempo -que te hizo aflorar los senos
como si con ellos
pudieses amamantar la agonía de un ángel desangrado-
poco a poco ha ido desocupando mi corazón
de tantas cosas tuyas.


Pero a veces una mancha apenas
insinuando la siembra de un puñado de nubes sobre la nieve
disuelve accidentales orificios por donde se escapa la mañana;
tus ojos a veces se convierten en obstáculos
que no me permiten sacarme a empellones el alma.


Algo anclado en lo más hondo de la laguna del barquero
insiste aún en atracarme en los inhóspitos litorales de tu nombre.


Un suave murmullo en el averno
me bastaría para poder caminar sobre las aguas.


Tú sabes que podría entrar como un redentor
en la vasta geografía del horror
apagando con cubos de hielo
las antorchas que marcan la guarida del siniestro.


Que no diera por soñar con una sirena crucificada entre mis labios.


Te he vivido desde el umbral,
desde el día en que tu sonrisa
le dio por arrojarse sin miedo hasta mi rostro,
desde el justo momento en que tu deseo
comenzó a hurtar mis soledades
pero esa melaza de amor
que cubría la desnudez infatigable de la caricia
me fue prodigando una historia de ocultos cuarzos de suicida.


Nos enfrentamos juntos a las horrorosas formas
que teníamos para espantar el tedio;
el esqueleto se nos hizo más nuestro
y fuimos reconociendo la palabra justa
para nombrarnos en la ausencia.


Emprendimos un viaje hacia la comprensión
de los tantos jeroglíficos que fue esculpiendo el amor
y pronto sólo tuvimos la memoria repleta de espejismos.


Yo sinceramente quise prenderte fuego en las entrañas.


No miento al decir que vagué en tu recuerdo muchas veces
intentando descubrir el segundo
en que tu crisálida
comenzó a desgarrarse la piel en mi vigilia
pero te fuiste convirtiendo en líquido corrosivo
y mis desvencijadas puertas
no pudieron contra tu paciencia
que sólo utilizabas para abrirle agujeros a la nada.




Nuestras temerosas formas de hacernos extrañar
fueron la señal
para que algo comenzara a aburrirse
en la peregrinación del suspiro.
Hubo días en que sólo estabas gimiendo
aferrada a mi tacto,
prodigándote, a expensas de mi asombro,
tu formidable metamorfosis de bestia fatigada.


Los días, ahora, suelen llegar a mí con las venas despedazadas.


Hay un algo que no me ha permitido
clavarle la espada de acero al minotauro,
sin embargo, una sombra de animal desvelado
todas las noches comienza a quitarle
el aldabón a los calabozos donde se encuentra la carroña.


No se puede hacer nada,
cuando, tras empañado el cristal
el vaho me confirma que soy yo
quien sigue aleteando,
aún, al otro lado de la noche.

Sonámbulo viajando hacia si mismo





Para no despertar el recelo de los espectros
escondidos en el fondo de los objetos
se levantó a la madrugada.


Para no delatarse
obligó a los párpados
a cerrarse sobre la imagen
que mejor le otorgaría su regreso al laberinto.


Se fue con los brazos caídos,
actuando como cualquier turista
que viaja en su nube de asombros cotidianos.


Caminó sobre el día
y el día no lo sintió
pues el día no da cuenta de los que duermen.


Sin embargo, saludó varias veces al viento,
que osado, se precipitaba de bruces sobre un cerezo
intentando tumbarle los recién nacidos
corazones de hadas y de duendes.


Almorzó en un restaurante
donde la carne aun tenía el recuerdo del despellejamiento.


Ya en la tarde se fue despidiendo de todos los colores
y el ruido lo fue dejando en su silencio.


Al llegar de nuevo hasta su casa
un extraño olor a tranquilidad
se adormilaba sobre su cama
entonces,
comenzó a jalar su ovillo de insomnio
para saber donde se encontraba.


Toda la noche la pasó
desanudando sus fantasmas.

Cosas de las entrañas.




A pesar mío.
A un arrepentimiento acaudalado
de lumbre entre mis huesos
un juguete desenterrado en el solar de mi infancia
me sigue destemplando
el silencio rencoroso de una voz adulta:
voz de siniestro naufrago sin isla
que sigue extrañando el pulso acelerado
de unas hormigas
que le creaban laberintos alegres
al niño vago de descompuestos sinsabores.


Estoy aquí conmigo,
con esta sensación intensa de recuerdos alegres
pero tristemente ausentes,
tengo aún el olor de la muerte de un pichón
que murió en su nido sin siquiera abrir los ojos,
he visto como los gusanos de la mosca
descomponen una zarigüeya
trazando un camino de tiza hasta el cementerio
y en noches de luna llena
vi pájaros siniestros cargando afiladas colas de tijera
como si buscaran rasgar con su vuelo
el silencio del la noche.
He escuchado el cauce del río
y por su ruidaje de bestia insomne
he reconocido el camino hasta la casa.


Pero conmigo, a mi lado,
he sentido el dolor de la extrañeza
que dejan las cosas que fuimos
y que sabemos no podremos recobrarlas.


A un pesar mío,
este adulto que soy
extraña todavía el olor del pomarrosa
y el deleitable trepar por las ramas
de un mango o de un guayabo
recién parido por la sombra de un murciélago.


Extraño demasiado la suavidad de la hojarasca
volviéndose añicos entre mis manos
y el racimo de plátanos manchándose de risa.


A veces busco en mi soledad
la causa de este desgarramiento
y sólo me llega el recuerdo
de un escalpelo siniestro
cortándole el pecho a un cadáver ya sin nombre:
La mirada perdida del muerto sobre la mesa de disección.
El cuerpo rígido como un tronco seco
pero frío…. muy frío…


En mi soledad
sólo me llegan cachivaches,
cosas inservibles,
aparatejos que me criban la esperanza
de saber como es que funciona la maquinaria
de una mirada cuando insiste en ser recuerdo.


Soy el sanalejo de mis propias cosas perdidas:
Una habitación donde hecho a guardar lo imposible.


Estar conmigo es como estar a solas
con una bestia moribunda,
es como acariciarle el lomo a un toro
antes de que exhale su último bramido,
es encontrar en el ojo del buey
el dolor de un cuchillo
que le apuñaló la garganta.


Estar conmigo
es estar peligrosamente a solas.
Muy a pesar mío, siempre lo intento.
Siempre me lanzo hacia el pasado
Intentando sentir otra vez,
entre mis manos,
la melcocha tierna de mi infancia