Mostrando las entradas con la etiqueta teoria literaria. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta teoria literaria. Mostrar todas las entradas

02 enero 2008

SOBRE EL “ESCLAVO SOMETIDO A UNA SUERTE ANORMAL DE TERROR”


Rilke enseñó famosamente a no aventurarse en ciertos temas, sobre los que, por haberse escrito mucho o de modo inmejorable, ya casi es imposible agregar nada. Voy a desoírlo.
Abelardo Castillo.





















Son demasiadas y vastas las cosas que se han escrito en torno a intentar dilucidar la psicología extremadamente apabullante que debió haber tenido el asombroso Poe. Muchos observan en sus obras una biografía, una curiosa manera en que el bohemio escritor dejaba entrever sus tormentos y sus afanes angustiosos, otros, sin embargo, intentan esclarecer el misterio que acunó para llegar a producir esas formas que dieron en revitalizar la literatura y por consiguiente sus distintos géneros.


Toda literatura es autobiográfica afirma Borges, en el caso especial de Poe, su obra, fue esa oscura manera de llevar a cabo un tormentoso y hasta dialéctico acto comunicativo de su observación acerca de la vida, de lo que el reflexionaba sobre la existencia. En todos sus cuentos se alcanzan a percibir descripciones tácitas de ese desgarramiento vital en que el precursor del cuento psicológico de terror solía llevar su humanidad pero es quizá en el relato La caída de la casa de Usher donde más atisbos sorprendentes se dan de ese florecimiento sombrío que inundaba al miserable Edgar.


Cuando nos detenemos a criticar una obra, por mas nimia que sea, lo que ulteriormente hacemos es, quizá, crear algo nuevo, algo curiosamente distinto a la significación original del texto, más en este discurrir en que el crítico busca interpretaciones nuevas sobre la obra observamos que siempre es imprescindible tener al lado la sombra tutelar del autor, ya que éste nos demuestra caminos por donde transitarlo sin mucho percance.


La vida de Poe es ligeramente un resplandor terrorífico dado a la miseria y la tragedia de un hombre que se descarrió en la flamante nación de los Estados Unidos o como dijera Baudelaire, el destino trágico de un ángel extraviado. Su existencia está atravesada, casi, por un ambiente mortuorio, decadente y malsano que sobrenada en toda su escritura, ya sea un cuento, un poema o una crítica o comentario, todos realizados, con un rigor tan especial, que no logramos, a veces, entender como ese sátiro, ese Dionisio enfermizo logró crear tan magnifica obra.


Ateniéndonos al relato, observamos esto mismo, el cuento esta anclado en una atmósfera azufrina, un ambiente realmente lúgubre donde sobrenada la actitud suspensa de un observador casi de la misma talla investigativa del bohemio que lo creo.


El anónimo narrador se nos presenta como un discurridor agudo que hipersensible a lo que lo rodea logra como él mismo afirma - con ese escaso lenguaje- dar una pequeña idea de la naturaleza anímica de los ambientes que observa y siente. Esta vez no asistimos a una descripción sencillamente subjetiva que se concentra en lo topográfico o en lo retratista, no es prosográfica, no es una etopeya, es, una descripción ontológica-psicológica, es una descripción que logra expresarnos la emoción, el sentimiento exacto bajo el que se encuentra tal o cual atmósfera.


Basta citar el siguiente párrafo para confirmar este argumento:


Miré el escenario que tenía delante -la casa y el sencillo paisaje del dominio, las paredes desnudas, las ventanas como ojos vacíos, los ralos y siniestros juncos, y los escasos troncos de árboles agostados- con una fuerte depresión de ánimo únicamente comparable, como sensación terrena, al despertar del fumador de opio, la amarga caída en la existencia cotidiana, el horrible descorrerse del velo.


En esta corta descripción la mente de lector ya no tiene más que hacer, sino que comenzara a creer inevitablemente en que dicho escenario que va más allá de lo lúgubre y lo desolado existe de veraz, la sencillez con que está escrito y la profundidad con que se nos demuestra dicho ambiente no sólo parece natural sino inevitable[1]


Como se puede observar los adjetivos son dispuestos en este aparte y en el resto del cuento con inigualable maestría, las comas están justo donde deben estar, hay un tono pausado, una narración suavizada por un extraño suspenso, el cuento mismo desde el inicio demarca ya un tono que no puede ser cambiado y que indudablemente determina y justifica su lectura, no puede existir una lectura alegre, no hay una lectura irónica, lo único permisible desde la entrada es que somos impuestos a una suerte de narración que se basa en una confidencia misteriosa y enajenada por un hálito de suspenso que hace que su lectura se nos ofrezca de forma peculiar y secreta.


La narración parece estar dirigida a nosotros secretamente, confidencialmente, hay una cierta desesperación escondida en las palabras que nos invitan a ser los cómplices de una revelación que imaginamos será terrorífica.


Hay un hecho sobre todo este extraordinario juego descriptivo que se da en toda la narración y es ese formidable conocimiento del significado de cada adjetivo que nos muestra el narrador. Para este confesante los sentimientos negativos o positivos tienen un cierto reconocimiento poético que eleva la condición del sentimiento al grado de su aceptación; el dolor se acepta por su formidable manera de llegar, la alegría por su maravillosa forma de inundarnos, pero más allá de estas emociones que se aceptan, hay otra clase de impresiones no dadas a la captación sino simplemente a la aversión y al desprecio. Tal es el caso que se da en esta frase:


No sé cómo fue, pero a la primera mirada que eché al edificio invadió mi espíritu un sentimiento de insoportable tristeza. Digo insoportable porque no lo atemperaba ninguno de esos sentimientos semiagradables, por ser poéticos, con los cuales recibe el espíritu aun las más austeras imágenes naturales de lo desolado o lo terrible.


Si se observa bien es sorprendente cómo el narrador logra trasmitirnos a través del epíteto insoportable la negación absoluta o incomodidad que trasmite el sustantivo tristeza, en este caso la tristeza ya no es aceptable, el epíteto nos la convierte en algo irritante, algo descontroladamente intolerable. Al principio la figura se nos muestra como algo natural, pero el narrador quiere trasmitirnos verdaderamente el significado propio de ese enunciado, del por qué utiliza la palabra insoportable y por qué es necesaria su utilización y no la de otro adjetivo.
Sólo entonces comprendemos que cada adjetivo está dispuesto bajo una justificación, bajo una necesidad, que no son meros ornamentos, sino que éstos posibilitan el verdadero significado que nos desea transmitir el relator. En esta medida, el autor del cuento se nos impone, nos impreca a tomar una profunda conciencia de cada palabra, de cada enunciado, porque cada signo tiene un secreto artilugio que decirnos o develarnos algo.








A medida que avanzamos vamos siendo cada vez más delicados en atender a cada gesto o forma que nos quiere transmitir el narrador, ya que la importancia del cuento se basa, sobre todas las cosas, en este juego magnifico de la representatividad que tienen las palabras.

En el cuento sobrenada una angustiosa necesidad por dejarnos claro que los sentimientos son ante todo el temperamento oficial que rige el dramatismo bajo el cual se desarrolla la narración. Hay una persistencia por dejar claro ésto, Poe quiere trasmitirnos de la forma más fidedigna el exacto conocimiento que tenía sobre las emociones porque sabe que el entendimiento de esto es lo que posibilita quizá el asombro y la naturaleza terrorífica de lo que desea trasmitir. Su ansiedad por comunicarnos ésto se ve reflejada en este párrafo:


la conciencia del rápido crecimiento de mi superstición -pues, ¿por qué no he de darle este nombre?- servía especialmente para acelerar su crecimiento mismo. Tal es, lo sé de antiguo, la paradójica ley de todos los sentimientos que tienen como base el terror.


Maravillosa explicación sólo posible en la mente de alguien que se prolongó bajo el tormento de sobrevivirse intentando entender las emociones más proclives de la existencia.


Aunque muchos críticos resaltan es el carácter autobiográfico y ven en Roderick al mismo Poe, sus vicios y manías, lo que posiblemente reflejó Poe bajo la personalidad del siniestro amo de la casa de Usher fue su pavoroso destino dado por lo que ya todos, sabía de antemano, evidenciarían; el opio, el alcohol, el nerviosismo del espíritu que se identifica con la personalidad del maestro del cuento corto es sólo una excusa para decirnos con palabras de Roderick lo que finalmente sucedería con su existencia:


Moriré -dijo-, tengo que morir de esta deplorable locura. Así, así y no de otro modo me perderé.


El resto del relato, por lo demás, se dirige hacia lo que todos ya han dicho, hacia ese crecimiento de un infalible terror final que se da desde la llegada del íntimo amigo de Roderick. La confesión de la enfermedad de Madeline, su muerte, la velación, el sepulcro, la tormenta, la aparición y la evidencia o certeza del sentimiento pavoroso de haber enterrado viva a la hermana, son sólo la recreación ociosa de un Poe lector, infatigable de los románticos. Así mismo, su espíritu romántico también busca dar un homenaje a esas vivencias y lecturas que le impresionaron. Cada parte del cuento abunda en alegorías a sus lecturas más profundas y tutelares.


Un ejemplo de esta intertextualidad homenajeante que rinde Poe en su cuento se puede observar en la sensación que sufre el narrador:


Un temblor incontenible fue invadiendo gradualmente mi cuerpo, y al fin se instaló sobre mi propio corazón un íncubo, el peso de una alarma por completo inmotivada.


Ya antes el nombre de Fuseli se nombra a principios del cuento por el anónimo amigo y sabemos que éste ejerció una influencia grande en la obra de Poe, pero en este párrafo es cuando de veraz nos damos cuenta de la importancia que tuvieron los cuadros de Fuseli en la mente creativa de Poe. Tal descripción emotiva no es más que el recuerdo del cuadro pesadilla nocturna donde se nos muestra la imagen de un incubo que se posa sobre el pecho del dormido oprimiéndolo casi hasta el desfallecimiento.






Hasta el mismo Quevedo abunda en el relato, ya su sangrienta luna la vemos al final del relato cuando ante la contemplación de la casa destruida, el narrador describe el poder resplandeciente del satélite de esta forma:

El resplandor venía de la luna llena, roja como la sangre


Un último ejemplo, aunque es importante anotar que son muchos, puede ser el que denota la fuerte impresión que, quizá, causó en Poe la poesía de su contemporáneo Nerval:


Su muerte -decía con una amargura que nunca podré olvidar- hará de mí (de mí, el desesperado, el frágil


La expresión hará de mi el desesperado, el frágil, al leerlo, nos traslada inmediatamente al poema de Nerval, titulado El desdichado.


Habiendo mostrado estas afinidades es conveniente ultimar que Poe utiliza su experiencia literaria como forma fantástica para crear sus relatos y a su vez para mostrarnos que la literatura puede servirnos como instrumento de creación.


Su relato La caída de la casa de Usher es finalmente un experimento literario que busca ofrecernos la simultaneidad y similitud que puede existir en varios textos a partir de un tema, es una invitación a la auscultación del presagio visto desde lo sobresaliente que existió en cada obra que leyó el siniestro Poe.


Su texto esta configurado por una red semántica que hace posible la aparición de algo totalmente diferente pero semejante en la alusión del tema a sus tan profundamente estudiados precursores. Así la obra que antepone cada uno de los hechos finales del cuento es quizá una invención más de Poe, quizá Launcelot Canning no existió y su mero nombre sólo es un señuelo que nos antepuso Poe desde el principio para ponernos a prueba como lectores, a lo mejor Poe con la aparición de Launcelot sólo nos quiso llevar al monólogo desesperado del famoso Launcelot Gobbo, el personaje de Shakespeare que en su acto II, escena II en el mercader de Venecia nos presenta el futuro que, será necesario, tenga que correr el narrador que le lee a Roderick una novela para que calme su histeria. El destino de salir corriendo, huyendo después de haber sido el aterrado espectador del nacimiento y muerte del demonio.


Por otro lado, la lectura de Mad Trist (obra que le lee a Roderick el narrador) no sólo hace posible los acontecimientos de lo que sucederá sino que a su vez nos trasmite el destino ulterior del narrador y casi mágicamente, a su vez, el cuento sólo busca es trasmitirnos no ese terrorífico ambiente, sino que busca es trasmitirnos la amarga muerte de Poe.


Al morir su amada, Poe recayó en la más profunda angustia, sea conveniente decirlo con palabras de él, en la mas insoportable tristeza y siendo esclavo sometido a su suerte anormal del terror antepuso su muerte delirante y espectral en un cuento donde nosotros los lectores, cada vez que lo leemos, somos los que nos alejamos al galope, observando el pálido cadáver a través de las grietas biográficas que dejó como evidencias.


Indudablemente nosotros somos ese narrador angustiado que a través de La caída de la casa de Usher sabemos que la muerte de Poe no fue causada por un delirium tremens sino por un anormal terror que lo llevó infatigablemente hasta su muerte, a tratar de revivir a su amada; el verdadero objetivo, quizá, de toda su vasta literatura.






Notas:




[1] Cuando las cosas están bien hechas no sólo parecen naturales sino inevitables. Borges Jorge Luis. Consejos a un joven escritor.

01 enero 2008

LOS FABULISTAS DE LA INTIMIDAD

Extracto del libro Inédito:
MURMULLOS DE LA INTIMIDAD
(Una mirada reveladora de la poesía en Colombia)
Ensayo
Último capítulo:
Los auténticos extraviados.
Autor: Zeuxis Vargas



Considerando que al hacer una crítica seria, sobre la más reciente generación de un movimiento poético, lo único que en última medida se logra siempre, es proponer relaciones estilísticas, perspectivas hipotéticas de identificación, comentarios transitoriamente anunciadores de un pensamiento y finalmente tan sólo breves bosquejos de una posible identidad lírica y, teniendo en cuenta que esos ejercicios sirven también para señalar caminos de búsquedas futuras y pautas iniciales para los análisis poéticos que más adelante configurarán la personalidad de la promoción, es entonces lícito y necesario proponer una lectura preocupada por el esfuerzo y el sacrificio de los jóvenes del siglo XXI que han dedicado su vida a un oficio cada vez, menos gratificante.

Al evolucionar el mundo bajo el fenómeno de lo instantáneo, bajo la quimera de lo postmoderno, el arte se ha apropiado de formas acomodaticias que dejan de lado la estética siendo su leitmotiv un insistente sostenimiento, de por lo menos, una forma expresiva que encaje dentro de los parámetros de legitimación tardo-modernista, logrando, a través de la técnica, su performatividad verificable. Esto con el fin de mantener cierto rigor expresivo ante la muerte casi ineludible (anunciada por Lyotard y su séquito de filósofos de la barbarie) de los grandes relatos. En este sentido la poesía de principios del siglo XXI, se ha movido por esta corriente. El auge de diferentes formas de institucionalizar y actualizar el hecho poético tales como los poemas para microprocesador, los poemas performances, los poemas objetos, los poemas plásticos, la poesía holográfica, la poesía fónica, la poesía virtual, la polipoesía, la poesía fractal, la holopoesía, la videopoesía, entre tantos otros, han hecho pensar a muchos teóricos sobre una posible desaparición de la poesía pura y en otros casos, sólo ha llevado a considerar el hecho de que es necesario crear una plataforma particular de crítica para poder abordar el objeto-poema que evolucionando como las especies ha logrado adaptarse a las formas imaginariamente cambiantes, también, del ser humano.

En otras palabras, se ha creído que la poesía ha evolucionado, que ha llegado a una nueva forma de comunicación, en definitiva, que configura el poema como un objeto que ya no refiere la sublimación del lenguaje sino el performance de los distintos recursos de que se hace meritorio. El poema como algo que toma control sobre lo visual, lo plástico, lo mediático y, que en un maremágnum de significantes procura transgredir el espacio-tiempo, intentando instaurarse ya no trascendentalmente sino instantáneamente en la mente de un ser que amnésico que avanza canalizado, bajo un propósito de vida fulminante, tomando de la ventana del tren de su destino lo que el mundo especializado logra darle en sus momentos de ocio o de fuga ritual, para poder soportar la velocidad.

El poema se incrusta en ese paisaje de ventanilla a través de la fusión-objeto y se deja ver-desaparecer en el inmediato campo que el espectador-lector deja desocupado. Pareciera entonces que la poesía de toda cultura estuviera condenada a este evolucionismo estético, a este prometedor arte que más que poesía, sería interesante comenzar a descifrar bajo un nuevo género ya no literario, ni plástico, ni dramático, sino más bien diferente, proteico en suma.

Los jóvenes nacidos entre 1974 y 1985 representados por Andrea Cote, Fadir Delgado, Catalina González Restrepo, Tatiana Mejía Escalante, Eva del Pilar Durán, Viviana Restrepo, Carlos Andrés Almeida, Giovanny Gómez, Sheila Castellanos Barón, Lauren Mendinueta, Jandey Marcel Solviyerte, entre otros, son el conjunto básico que sufrió con total naturalidad el desordenado cambio del mundo. Nacidos con juegos de video que acompañaban sus canciones de cuna, con lipod murmurándoles la información faltante para su examen de universidad, se dejaron, de pronto, seducir por el poder de las palabras de los poemas y de los poetas o de la poesía que en síntesis es lo mismo y comenzaron una larga travesía que a través de múltiples ensayos los llevó a configurar un intimismo reflexivo, ejercicio esclarecedor de las crisis nostálgicas y felices de su pasado y de su experiencia.

A través del poema se dedicaron a inventar mundos propios, se tomaron, como los niños, (estas son palabras de Freud), sus juegos demasiado en serio. Sus poemas comenzaron a hablar de lugares y personajes que logran la calidad de la leyenda. Además de esta formidable técnica donde el poema se consolida como eficaz recurso para instaurar otras realidades, ya no de instantes sino de mundos, su insistencia en la transformación de la historia los llevó también a reconsiderar los mitos y las fuentes documentales del tiempo, arrojando a través de sus poemas otras versiones de hechos y acontecimientos que por medio de sus palabras lograron hacer creíbles.

Los arquetipos aceptados, las verdades, se convirtieron para esta promoción en un material que les sirvió para transgredir y cambiar, su intimismo extraviado en la autenticidad de proponer una poesía recobrante, los condujo eficazmente a reivindicar el momento vivido a través de la fusión entre emoción y reflexión, así es como prudentemente se puede evidenciar su tono poético, su personalidad en crecimiento.

El poeta de principios de siglo XXI en Colombia al parecer es un continuador estilístico de una tradición de orfebrería poética. A pesar de los cambios finiseculares y coyunturales que determinaron la razón de su ser contemporáneo, los poetas que comienzan a escribir a partir del año 2000, intuyeron que el arte lírico era en definitiva la forma precisa para tranquilizar su alma.

Por eso el experimentalismo consumista no fue el terreno apoteósico que conquistó el intelecto de los poetas noveles, más bien el incentivo de sus ensayos se basó en una intrincada investigación ontológica. Aún no podemos hablar con palabras definitivas de una identificación trascendental para este conjunto pero sí se puede hablar de ciertas exclusiones e inclusiones en pro de develar la posible personalidad preponderante en este tono.

Son muchos los jóvenes que escriben últimamente, gracias al divertimento digital, al suministro virtual, el poeta post-moderno puede publicar en cualquier parte a expensas, obvio está, de que su obra se convierta en menos de una hora en un archivo del olvido.

Esta herramienta de doble filo ha conllevado a un afán de muestra, de exhibición que no sólo busca demostrar que se es poeta sino que se reflexiona sobre el hecho poético con compromiso y disciplina. Los chats, los espacios de comentarios poéticos o foros de crítica seudo-poética han fomentado un espíritu ilusorio de ilustrados que des-hablan y extra-hablan de lo que es un poema o un verso.

El mundo actual postmoderno venció y en consecuencia el aglutinado juego de lo instantáneo y de lo desechable pasó a formar parte del discurso calificativo de la personalidad simulada de unos jóvenes que han sufrido hipermnesia debido al gran flujo de información que el mundo sacrilegizador del conocimiento ha logrado otorgarles. Pero el sacrilegio no está en el libertinaje que se le ha venido dando al saber sino en la puesta en equilibrio de la moralidad con que se difunde ese saber. Segundo Bustos, maestro de la Universidad Pedagógica Nacional, afirma que el problema del conocimiento no radica en, a qué manos llega sino a qué cabezas entra. Su sentencia es del todo justa ya que en este siglo de ofuscación informativa el inconveniente con el conocimiento se puede comparar con el dilema de la espada en las manos de un niño argumentado por Borges cuando exponía el peligro de la lectura de los libros.

A razón de que el sujeto postmoderno tiene en potencia, mejor adaptadas sus funciones sensoriales y en consecuencia ha logrado una destreza formidable sobre sus herramientas intelectuales o sobre sus operadores mentales, es evidente la peligrosidad con que indiscriminadamente se ha utilizado el conocimiento.

Las personas introyectan el saber, determinado saber y lo convierten en un discurso que atiende a modas y no a un verdadero discernimiento. En pocas palabras, aunque las ventajas han aumentado en igualdad para todos los seres humanos la demostración de lucidez sigue siendo la misma. Son muy pocos los que logran manipular la caja de Pandora con delicadeza y prudencia. Los últimos poetas colombianos también entran en esta infortunada discusión. A la hora de realizar una pesquisa, de veras poética, de las últimas evoluciones líricas de nuestro país lo que se logra rescatar entre tan innumerable red de información y de publicaciones, periódicos, revistas, libros y demás es un parco grupo.

Se puede decir que los jóvenes verdaderamente poetas o con potencial poético son discípulos de una tradición que ya tiene su reconocimiento ante el mundo como parte de un arte exclusivamente colombiano, por eso, su trabajo se ha basado en una búsqueda de pureza, y aunque han caído en el autocriticismo su apuesta ha sido a favor de un discernimiento estético que evidencia lucidez poética verdadera.



Estos jóvenes comprendieron como dijo Andrei Tarkovski, que “tender hacia la sencillez supone tender a la profundidad de la vida representada. Pero encontrar el camino más breve entre lo que se quiere decir y lo realmente representado en la imagen finita es una de las metas más arduas en un proceso de creación”. Y por eso, en esa búsqueda significativa se volvieron cicloidianos y extratensivos. Tales fenómenos aunados a la hipermnesia y a la adolescencia ontológica marcaron su definitoria personalidad dentro de su voz poética.

Hombres y mujeres marcados por constantes crisis maniaco-depresivas, supersensibles a su entorno y con una capacidad asombrosa de recordación se vienen constituyendo hoy en día como la generación que marca la continuación de la onda íntima del solitario poeta colombiano. El radical definitorio de su poesía se basa en la lectura de sus antecesores, en la comprensión de la poesía como puente colocado entre la búsqueda de recobramiento y la insatisfactoria obra evocativa.

La poesía, dijo alguna vez Bruno Schulz, “es un cortocircuito entre el sentido y los vocablos, una repentina regeneración de los mitos primarios”, estos poetas lo evidenciaron así y tras sus poemas podemos observar esa insistencia por recobrar cosas perdidas. La poesía se convierte en este sentido, examinándola atentamente, en una formidable herramienta para traer no el recuerdo sino el acontecimiento como tal traducido al lenguaje de lo indecible.

Los jóvenes poetas tratan desesperadamente y es mejor decirlo con palabras de Tadeus Kantor, “de reconstruir, con su memoria difuminada, aquello que fue su vida, su felicidad o su miseria”. Y lo hacen con un ahínco sobresaliente, con una insistencia en lo proclive, en lo perturbado, en la congoja, su voz es una voz nostálgica que se pronuncia a orillas del abismo. Al intentar visceralmente dar cuenta de su forma íntima de existencia también observan que en la memoria hay improntas, cosas obsesivas, palabras adheridas a alma como óbolos necesarios para subsistir el onirismo. Un ejemplo, de estas apreciaciones, se puede delatar fácilmente por medio de los elementos recurrentes y la constante persistencia por recuperar o recobrar el pasado en los poemarios de Puerto calcinado de Andrea Cote y Casa de hierro de Fadir Delgado.

Al comprender su propia poética se convierten en fabulistas, la poesía de los jóvenes del siglo XXI se identifica por el carácter fabulista, cuentan historias íntimas con una nostalgia narrativa que procura el atestiguamiento de la existencia a través del poema.

Son poemas largos, versolibristas y en otros casos poemas que procuran una reflexión sólida de acontecimientos, sentires y dudas. Es la poesía intelectualizada con el sentimiento, buscan la imagen ya no como hacedora misma del poema sino como una herramienta alegórica para hacer creíble su poema, su institucionalización del recuerdo. Saben que el poder del poema está en lo que no dice, en lo que hace sentir disimuladamente, en la ondulación seductora de la emoción que refiere.

Por eso sus poemas son cicloidianos y extratensivos. No se asiste con esta poética a una visión lárica o infantil, ni a una poesía superrealista sino a una poesía recobrante, es la generación transitoriamente definida en este ejercicio como la de Los Auténticos Extraviados. Este aciago destino reverencia la poesía de unos jóvenes que han logrado una autenticidad en su palabra pero que dicha palabra transita el paisaje de lo extraviado, de lo perdido, de lo que ellos en sí desde su más recóndito paraíso infantil fueron siempre. Son goliardos entristecidos y lúcidos que enclaustrados en el mundo efímero se dan en generar cosas perdurables.


Sus poemas y es mejor citar las palabras de una de las voces sobresalientes de esta generación, Fadir Delgado:

Dicen que no pueden con tanta tristeza pero no
entienden que los tristes son verdaderamente felices,
porque reconocen el abismo y aún así inventan mares de
colores, conservan los cuadernos de primaria.

Este rasgo develado por una poeta de la generación ayuda a entender el porqué de la insistencia en el pasado que siempre gravita en cada poema. Su palabra busca recobrar indefinidamente momentos cruciales de la vida íntima y universal de un ser humano cualquiera, así lo revelan estas palabras, casi hechas plegaria de Andrea Cote:

Madre: recógeme el sonido de la lluvia en el tejado del abuelo
cuéntame de las noches en que descubrí la sed por los acantilados
y de cómo destilaste el fuego de la luz
para permitirnos el encuentro con nuestros primeros demonios.

El recinto oficial de su poesía es el pasado remoto, el pasado de sus más recónditos intereses poéticos, es aquel que les reveló la criatura atroz del silencio. Ese recinto donde como dijo Catalina González:

Aprendimos el juego del deseo
hasta la vergüenza,
hasta quedarnos sin cuerpo
ni espejo.

Al aprender a conjugar ese tiempo verbal con su carne se convirtieron en poetas, pero en poetas fatales. Tanto en Andrea Cote, como en los demás progenitores de esta nueva poesía se evidencia que su alimento lírico está en la congoja.

Son esos seres poéticos que como afirmó Tatiana Mejía tienen “la tristeza del abismo”, y ese vértigo nostálgico en palabras de Fadir Delgado:

No es crueldad
es la sola necesidad de existir.
de pertenecer al mundo y extraviarnos.

Este grupo de formidables poetas que llegarán a consagrarse en el futuro no sólo demuestran un estilo homogéneo sino que a través, de sus poemas también, develan sus incertidumbres y sus propósitos.

Entre los principales proyectos podemos anotar el que determina la voz de Andrea Cote: “añora que luego del tiempo aún conservemos la memoria”. Porque para estos poetas jóvenes como dice Fadir Delgado:

Sólo falta descubrirnos, y salvarnos de no entendernos

Poco se ha hecho difusión de esta poesía netamente innovadora, poesía ciclotímica y extratensiva, auténticamente extraviada entre el poder evocativo y el milagro instituyente del recuerdo o de la vida. Por eso al leer los poemarios de este grupo se siente que se está leyendo algo intempestivamente estrepitoso, hay algo que lleva a ver esta poesía con cierto maravillamiento y a la vez con cierta cautela porque en la lectura de los poemas de estos jóvenes uno no “atina a pensar que llegarían así, sin trueno, sin disparo”. En sus poemas se observa cierta preocupación por la perduración o como dijo Piedad Bonnet, se siente en los versos “la necesidad de transformar la experiencia en palabra”, el lector queda obnubilado en esa reivindicación que suspendida en la pupila de los recuerdos lo hace reflexionar acerca de los momentos más obsesivos que marcan la existencia, su poesía, en conclusión y con palabras de Juan Manuel Roca, “revela un impulso por no escamotear ni la tragedia, ni el olvido”.


Son la Generación de los Auténticos Extraviados, los verdaderos fabulistas de la intimidad que encadenados a la voz mas tradicional de nuestro país (José Asunción Silva, Porfirio Barba-Jacob, Guillermo Valencia, Eduardo Carranza, León de Greiff, Luis Vidales, Aurelio Arturo, Héctor Rojas Herazo, Jorge Gaitán Durán, Eduardo Cote Lamus, Juan Manuel Roca y Piedad Bonnet) y lectores alertas de los más recientes representantes de la poesía mundial (Juan Gelman, Jorge Boccanera, Pablo Narral, Diana Veléis, Mirta Rosenberg, Eduardo Mitre, Haroldo de Campos, Thiago de Mello, Paul Dutton, Louise Warren, Ana Istarú, María Montero, Antonio Conte, Oscar Hahn, Jorge Enrique Adoum, Claribel Alegria, Timothy Pratt, Margaret Randall, Carmen Matute, Yasus Afari, José Emilio Pacheco, Juan Bañuelos, José Luís Rivas, Elvio Romero, Javier Sologuren, Antonio Cisneros, Juan Calzadilla, Eugenio Montejo, Mateo Morrison, Louise Wondel, Rafael Courtoisie, Ida Vitale, Luis Bravo, entre tantos otros), generan a partir de su enriquecimiento lírico el eslabón siguiente en esa gran tradición que es la poesía colombiana.

No han institucionalizado aún su voz madura, son aún iniciados de una voz indispensable para la poesía en Colombia, son la continuación de una historia poética verdadera, son los albaceas de una lírica incuestionable. La poesía en Colombia deviene de ese íntimo solitario, de ese introspectivo que canta y se silencia con incertidumbre y discernimiento acongojado siempre en nuestro corazón. Los de esta generación lo entendieron así, y a través de sus poemas están tejiendo esa odisea lírica que identifica nuestra personalidad poética. Por eso lo mejor que se puede decir para terminar este examen sobre la poesía de la última cosecha colombiana, es que se muestra como una poesía que ha logrado configurar una nueva manera de poetizar el dolor, el vértigo, la nostalgia, el recuerdo, que es una poesía prometedora que vale por sus características eufónicas y epifánicas, por su ritmo confesional o íntimo y que su tono y elevación reflexiva y monologizante resignifica una tradición y en consecuencia la trasciende.

No se puede augurar aún cuales van a ser los cambios que van a lograr pero se puede deliberadamente conjeturar que ya los están realizando, Fadir Delgado, mejor que nadie reconoció esta especulación en su poema “El quejido de los dientes” Al decir:

No se entiende aún por qué hemos llegado, pero es claro
que no estamos aquí para crucificar la palabra o para decidir lo que se debe
hacer.

Es cierto. La poesía seguirá creciendo, buscando con cada generación su voz propicia para identificar el dolor y la alegría de un determinado tiempo, Alfonso Carvajal dijo que “cada época posee su porte, su mirada y su gesto”, estos poetas ya tienen esas cualidades. Entendieron temprano que la poesía, como dijo Pedro Serrano, “es ese lenguaje que implica hacerte responsable de tus propios sueños”. La crítica literaria, en consecuencia, sólo tiene la responsabilidad de darle el valor que merecen desde los diferentes argumentos y perspectivas, desde los diferentes temas-problema que se encuentren en sus obras, cualquiera que sea su naturaleza.

Algún día se hablará de los auténticos extraviados como una generación dentro de la tradición colombiana que tenazmente instauró la taumaturgia del poema recobrante y que con esa creación logró definitivamente todo. Es justo pensar así, ojalá sea así.

31 diciembre 2007

RAZONES DE SOBRA.



“Siempre pienso que una de las cosas felices que me han ocurrido en la vida es haber conocido a Don Quijote.”
Borges.



El Quijote. Óleo sobre lienzo. Fabio Vargas



He podido comprobar hace algunos días, sin mayor asombro, que la lectura de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, ya no seduce el espíritu de los jóvenes como en tiempos pasados.




Tal acontecimiento se debe no tanto a su desactualización y declive como obra moderna, sino más bien al rasgo meramente sugestivo que radica en la motivación de los lectores hacia el texto. Las preguntas, entonces, serían: ¿por qué leer el Quijote?, ¿para qué leer el Quijote?




Esta clase de cuestionamientos, contienen de por si un problema axiológico y pedagógico, que por su misma naturaleza, regulan las razones y propósitos de una posible reivindicación de El Caballero de la triste figura”.




Alejándonos de la crítica; que desde hace cuatrocientos años ha posibilitado una descomunal biblioteca quijotesca, y donde es posible advertir infinidad de estudios sobre temas particulares acerca de la obra resueltos desde lo psicológico, lo lingüístico, lo social, lo político, lo religioso, entre otros; lo necesario aquí, será intentar restablecer y promover la naturaleza cosmopolita y el sentido didáctico del Quijote dentro de las actuales condiciones del mundo contemporáneo.




Sin lugar a dudas, la obra de Cervantes está inmersa dentro del modernismo y, a su vez, tal y como dijo Mario Vargas Llosa, la obra “sentó las bases sobre las que nacería la novela moderna (Vargas Llosa, 2004:XXIII); este descubrimiento que fue referido también por otros autores,[1] facilita la orientación de una posible estrategia lectora para motivar a la juventud por el maravilloso mundo del Caballero de la Fe como lo llamó en alguna ocasión Miguel de Unamuno (Zubiría, 1998: 66-82).




El mundo actual está repleto de una literatura que se basa principalmente en el género novelístico. Los jóvenes de hoy prefieren El señor de los anillos, El código da Vinci, El club Dante o las aventuras de Harry Potter sin reconocer que estos representantes de la prosa moderna juvenil son los hijos “menores” de Cervantes. Invitar a los adolescentes hacia el develamiento del origen de las novelas contemporáneas, de sus relaciones con el pasado literario sería un primer contacto con un objeto extraño para ellos como lo es el ingenioso manchego.




Sin embargo, este primer acercamiento no debe llevarse a cabo en solitario, es indispensable tener en cuenta que la motivación debe centrarse en los intereses actuales de los adolescentes que según el ensayista colombiano Arturo Cruz Kronfly, se caracterizan por su profundo hedonismo ante la vida.[1]




Aventuras extremas e irreflexivas son las que suelen llevar a cabo los ciudadanos que habitan el mundo consumista de nuestros días: disputas individuales o grupales, conflictos afectivos, protestas contra el orden establecido, rebeldías morales, revoluciones éticas, búsquedas de identidad y creación de momentos placenteros son los rasgos que identifican la sociedad del siglo XXI. Estas y otras cualidades que hacen legitima la vida de nuestros jóvenes contemporáneos pueden verse minimizadas ante la gran proliferación de afluencias[2] que logran encontrarse, con mayor sorpresa, en la Novela Paradigma del Español.




Hacer inverosímiles o ingenuas las aventuras de nuestros estudiantes ante los exorbitantes y exagerados incidentes de nuestro caballero andante, sería una forma de estimular el acercamiento de éstos a la obra.




Más, quizá, lo importante estaría en mostrar cómo el estilo espontáneo de Cervantes posibilitó, a través de dos personajes, la inmortalización y caracterización de los dos tipos de seres existentes en el planeta. A diferencia de Borges que, citando a Coleridge, establece que los hombres nacen aristotélicos o Platónicos ¿Borges, 1974: 718,745?; Cervantes con su obra maestra parece afirmar que los hombres nacemos Quijotescos o Sanchescos; los primeros dados al idealismo, a la confirmación de la voluntad de ser, del hacer-se, del ser-se, creyentes de su verdad, de su sueño y atados a un mundo interior repleto de actitudes románticas y optimistas; los últimos en cambio; realistas, centrados en el materialismo, dados al orden del mundo exterior, prácticos, empiristas, escépticos y pesimistas por antonomasia; El primero un rebelde; el segundo un conformista; Sancho mostrando siempre su situación trágica de mortal y el Quijote demostrando constantemente la posibilidad de la trascendencia.



He aquí uno de los mejores argumentos para sugerir la lectura de El Quijote. No se trata de auscultar la obra en búsqueda de un algo importante o legítimo sino de establecer en los lectores la sensibilidad necesaria para que éstos “extraigan de la obra de arte el máximo provecho” (Betto, 2005:1).




El ideal fundamental del Quijote no se centra en la posibilidad crítica de la obra ante el mundo ni en la de una contextualización lingüística o académica sino en la polisemia que pueda llegar a tener el libro ante los hombres y ante los siglos.




Desde este punto, El Quijote es más asequible a cualquiera o como lo dijera el bachiller Sansón Carrasco: “es tan clara, que no hay cosa que dificultar en ella: los niños la manosean, los mozos la leen, los hombres la entienden y los viejos la celebran” (II parte, cap. III).




Además, la obra es en si misma un espacio propicio para el entretenimiento, “para que el melancólico se mueva a risa, el risueño la acreciente, el simple no se enfade, el discreto se admire de la invención, el grave no la desprecie, ni el prudente deje de alabarla” (Prologo de Cervantes a al primera parte de El Quijote).




Novalis, pensando, quizá, en la ética lectora, afirmó, en alguna ocasión, que al verdadero lector le era preciso ser el autor por extensión (Novalis, 1948: 93). Leer en este sentido es encontrar, es confirmar, es conocer y en algunos casos magníficos es trasmutar. Este sorprendente fenómeno, que convierte al lector en un verdadero “autor por extensión”, lo consiguió el “bueno” de Alonso Quijano que tras le lectura de innumerables libros de caballería soñó con el destino diferente pero ese sueño teatral, ficticio por excelencia, lo llevo al extremo mismo no de representar a otro sino de convertirse en Otro; en el Quijote olvidando por completo, mientras duró su andante aventura, a su primogénita personalidad, al ocioso Quijano: el vejete dado a la simple divagación de las historias medievales.




Cervantes, tristemente Sanchesco, logró por medio de su literatura lo que no pudo su espíritu, que harto de cárceles y aburrido ante las estériles tierras de la Mancha se dio en la tarea de recrear su “alter ego” para que éste lo sobreviviera. Por eso Cervantes está presente durante toda su obra; unas como comentador, otras, como autor de libros, siempre como personaje y en últimas como amigo entrañable y apasionado lector. Este infinito juego de espejos y etruskas que se encuentran en la novela enriquece más su poder de seducción y la sitúa dentro de la literatura universal como una de las obras de más alta competencia ante los intentos de escritores modernos por lograr alguna innovación.




El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha no sólo es una novela de entretenimiento o regocijo sino que es “todo un conjunto de alusiones simbólicas al sentido universal de la vida” (Rabanales, 1998: 1). Por eso, después de haber encontrado tantas evidencias de actualización y vigencia en El Quijote, si me fuera preciso ese mismo juego fantástico que realizó Cervantes de trastocar lo real con lo irreal, no dudaría en confesarle: “Dígote de verdad que tú has contado una de las más nuevas consejas, cuento o historia que nadie pudo pensar en el mundo, y que tal modo de contarla ni dejarla jamás se podrá ver ni habrá visto en toda la vida” (I parte cap. XX), y no porque su historia sea una de las mejores de la literatura universal sino porque su narración no admite escepticismo, dudas o incertidumbres sino antes aumenta la aceptación, la fe, hace posible el asombro y provoca, tal y como lo advirtiera el contemplativo Coleridge, la relectura (Borges, 1999: 5).



A cuatrocientos años de su invención, el Quijote sigue siendo ese amigo entrañable, contemporáneo, vigente y necesario.




“Entre los pecados mayores que los hombres cometen, aunque algunos dicen que es la soberbia, yo digo que es el desagradecimiento” (II parte, cap. LVIII) por eso a lo mejor una de las mayores razones para incitar a los jóvenes hacia la lectura de El Quijote sería la de decirles que si a alguien deben este mundo moderno provisto de atributos globalizantes, mestizos y técnico-instrumentales, es sin duda al más universal de los seres posibles: Miguel de Cervantes Saavedra.


La obra de Cervantes es un elaborado documento que prefigura el destino parcial de la sociedad moderna. Su narración deja entrever la naturaleza soñadora del hombre y el tipo de relación que tejería en el futuro la humanidad globaliza y neoliberal, sin embargo, la novela, no sólo se remite a ser un oráculo sino que anuncia la locura final de los hombres atrapados en su laberíntico saber. Mas no por esto, la novela pasa a ser una fuente pesimista sino que antes se instaura en la historia como un recurso pedagógico ya que promete una solución, una tierna felicidad que se descubre para nosotros en el eterno retorno; en una razón que abandonando el mundo material se da en construir uno propio, más propicio, más amable y más natural habitado por poetas con inocente locura.



Además, estoy de acuerdo con Borges en que “los hombres seguirán pensando en Don Quijote porque después de todo hay una cosa que no queremos olvidar: una cosa que nos da vida de tanto en tanto, y que tal vez nos la quita, y esa cosa es la felicidad. Y, a pesar de los muchos infortunios de Don Quijote, el libro nos da como sentimiento final la felicidad.” (Borges, 1999: 6). Por esto, “vengan más quijotadas, embista don Quijote y hable Sancho Panza” (II parte cap. VI).






NOTAS




[1] Al respecto Zubiría nos dice que “la colosal invención, inauguraba un nuevo género de escritura, la novela, cuya vitalidad, de entonces, no ha conocido mengua”, más adelante para reafirmar su argumento cita a Meléndez y Pelayo quien observa en El Quijote “el último de los libros de caballerías, el definitivo y perfecto, el que concentró en un foco la materia difusa, a la vez que, elevando los casos de la vida familiar a la dignidad de la epopeya, dio el primero y no superado modelo de la novela realista moderna” (Zubiría, 1998: 66-82). William Ospina al referirse al siglo de oro español concluye que este siglo “finalmente recogió su fuerza expresiva y su capacidad de testificar a la vez la muerte de una época y el nacimiento de otra, al fundar en la obra de Cervantes el género literario típico de la edad moderna: la novela” (Ospina, 2003:59)
[2] El término ques e encuentra en el texto: Aproximación a Cervantes de Ramón Zubiría es del escritor Pedro Salinas quien dice: “Cervantes crea la gran novela inclusiva, suficiente, con capacidad bastante para contener, en torno a la figura equivoca y misteriosa del caballero don Quijote, todo un mundo de pastores y burgueses, doncellas desgraciadas y pícaros, cautivos de los moros y bachilleres del pueblo. El Quijote es obra de afluencias y se la mira en su lugar histórico con el mismo asombro que un descubridor que no hubiese visto más que modestas corrientes fluviales, ríos de menor cuantía, debió de sentir al encararse por vez primera con el Amazonas, suma de ríos, ejemplos de afluencias