Mostrando las entradas con la etiqueta saudade. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta saudade. Mostrar todas las entradas

05 octubre 2014

MOCOS EN LOS PANTALONES


Caminaba detrás de aquel hombre cano, subieron dos pisos, luego doblaron por un pasillo. Al fondo se escuchaban gritos, chillidos y berridos estremecedores. El hombre que lo guiaba se volteaba de vez en cuando para observar alguna reacción mientras no paraba de contarle cosas, que él, escuchaba atento. El guía lo miraba con gesto carismático, buscaba tranquilizarlo.

A él se le notaba mucho que era novato. Desde que entró no hizo más que denunciar su inexperiencia en el oficio. Lo que más gracia había causado era su traje impecable. Parecía nuevo aquel sastre, quizás era el que había utilizado en la graduación. Debajo del brazo, agarrada contra su cuerpo llevaba una carpeta blanca y dentro, una Hoja de vida inmaculada, virgen todavía de verdaderos empleos.

―A ver, este es su nuevo curso ―le dijo mientras empujaba la puerta y le señalaba el interior del salón cundido de niños que corrían, se golpeaban y lloraban de aquí para allá.

Mientras recobraba el aliento y aceptaba aquella visión entre asustado y emocionado, el Rector le entregó un papelito donde estaba fotocopiado el horario de las clases que impartiría durante la semana.

HORA
LUNES
MARTES
MIÉRCOLES
JUEVES
VIERNES
7.30-8:30
Español
Artes
Español
Inglés
Sociales
8:30-9:30
Matemáticas
Matemáticas
Naturales
Artes
Matemáticas
10:00-11:00
Religión
Español
Matemáticas
E. física
Español
11:00-12:00
Naturales
E. física
Sociales
Tecnología
Ética y valores

― Hoy dictaré  en este curso de 10 a 11 de la mañana. Señor Rector, podría tener tiempo para adelantar lo referente a los seguros.

―Profesor José, usted dictará todo el día, todos los días de la semana en este curso: este es su curso. ¿Me entiende?

José se quedó observando aquella tira impresa como si se tratara de un objeto desconocido y poderoso. Su título de Licenciado en Educación Básica con énfasis en Humanidades y Lengua Castellana no decía nada respecto a la enseñanza de las Matemáticas, la Educación Física, las Artes, la Religión, las Ciencias Naturales, las Ciencias Sociales, la instrucción de la Ética o la formación en los Valores. Sin embargo, él le había vendido la idea al rector de que su título, al señalar una licenciatura en educación básica, le otorgaba el privilegio de enseñar en el área específica de su saber y también en cualquier área afín a los niveles básicos de educación o a los primeros años escolares.

El rector había acogido esa promesa al pie de la letra y ahora tenía que ser consecuente.  Aquel sería su curso, su mundo de ahora en adelante. Guardó el papelito en el bolsillo del pectoral derecho del saco y espero las últimas instrucciones.

―Listo, aquí tiene la carpeta de Observación; una hoja por cada alumno. No se le olvidé, pedirles a los papitos una fotografía, así se le hará más fácil recordar los nombres. Tenga, este es su primer listado y unas hojas de notas, indicadores y logros. ¡Ah!, se me olvidaba, aquí están sus tres marcadores borrables, su borrador y las llaves del salón. ¡Buena suerte! ―dicho esto, se despidió de los niños que no se habían inmutado ante la llegada de los adultos y seguían en su juego carnavalesco de originar en aquel pequeño salón el caos del universo.

José miró la papeleta y repasó el horario, luego miró a los niños que lo observaban como bicho raro, algunos se le acercaban con curiosidad como olfateándolo, como buscando reconocer qué era él, otros ya le decían desde el fondo “profe” y le presentaban sus primeras quejas entre lloriqueos y alaridos.

Vaciló, se metió los marcadores en uno de los bolsillos de la bata blanca que en el pecho llevaba el sello distintivo y brillante del colegio. Intentó saludarlos, pero no supo por dónde comenzar, las palabras se le devolvían como si estuviera sufriendo un ataque de agrieras. Notó que la frente le sudaba y que las manos, húmedas, ya habían logrado doblar y mojar las hojas y la carpeta.

Evidentemente, aquellos niños eran la muestra veraz y fidedigna de que Piaget no se había equivocado, los niños mostraban una curiosidad que no conocía ninguna frontera, los ojos completamente redondos y grandes como los de los muñecos de las historietas japonesas denotaban un deseo por saber, por escudriñar, que a él, en un principio le pareció revelador.

Que buena elección había hecho al presentarse en aquel colegio. No le habían puesto a su disposición un curso de adolescentes infestado por los vicios del mundo, cansado de repeticiones, adaptado a un sistema y curtido de los desengaños de la educación sino que le habían ofrecido la oportunidad increíble y única de comenzar de cero. "¿Qué?, ¿Por qué?, ¿Para qué? ¿Cómo?, ¿Cuándo?, ¿Dónde?

Los grandes interrogantes, los pequeños cerebros ávidos de conocimiento le habían sido otorgados.

Sonrío y dio tres pasos hacia el interior mientras un niño se le abalanzaba  y le abrazaba una pierna.

Qué lindo niño, quería saludarlo.

De pronto, vio como el pequeño se restregaba la cara y se limpiaba de la manera más natural los mocos en sus pantalones. Otro niño, que acababa de ver la acción de su compañero, lo siguió de inmediato y en menos de tres segundos cinco niños se habían limpiado con él y habían vuelto como si nada a sus juguetes y sus risas.

José se quedó petrificado, no lograba asimilar muy bien lo que había acabado de sucederle. Mientras sacudía su cabeza y se decía  así mismo que aquello no había sido verdad, una niña, rellenita y rojiza como una muñeca gigante, con moñas y capul a la medida,  llegó hasta su lado y se limpió, en la bata impecable, las pequeñas manitos todas untadas de puré de banano.

―Ese niño de allá me lo estripó ―le decía mientras se limpiaba cada uno de sus deditos con la bata.

Ya casi terminaba la hora de Español y tendría que comenzar a dictarles Educación Física. La niña salió corriendo y le pegó un empujón a otra niña escuálida que mostraba la falta de sus dientes a un niño que se reía y se tapaba tímidamente con la maleta. El agarrón que presenció fue monumental, las niñas se jalaban del cabello, se rasguñaban la cara y lloraban como si fueran los mismos demiurgos del llanto.

No sabía si decirles silencio o coger y darles un pellizco mandándolos a sentar  a cada uno en sus respectivos pupitres. Recordó al profesor Jirafales y consideró la idea de golpear su escritorio y gritarles el famoso Ta, ta, y ta, pero de seguro la impresión que causaría en los niños sería de comicidad.

Caminó hacia el escritorio, se sentó, miró la selva que tenía ante sí y volvió a intentar hablar, pero las palabras se le ahogaban en el mismo momento en que empezaban a bajar por el tubo de su fantasía.

Un niño se le colgó por detrás y mientras le gritaba “arreeee burrito”,  le daba palmadas en la cabeza instigándolo a una carrera imaginaria.

―Tiene un muy buen perfil señor…

―José, José Bermúdez, señor rector.

―Profesor, este es un colegio privado, de mucho prestigio, espero que comprenda lo que quiero decirle.

―Por supuesto, si pasa la hoja, verá que hice mis prácticas académicas en el Politécnico regional de…

―Sí, veo que tiene también muy buenos certificados, a  eso es que me refiero ―señaló mientras le hacía señas, de que entrara, a una mujer gorda vestida de azul que se peinaba, con la mano, el cabello encrespado  mientras le decía a José que si quería más azúcar.

―Gracias, no suelo tomar café a esta hora de la mañana.

―Vaya, es usted muy disciplinado, eso me gusta. Mi señora y yo fundamos este colegio. Usted me recuerda mucho a mi hijo. Lo ve, está en esta foto, murió a su edad. Era muy talentoso, estaba por terminar medicina, pero bueno, ya sabe, las cosas pasan y Dios ―el hombre le mostró la estatuilla del divino niño que tenía en el rincón ―, quiso llevárselo.

―Es una pena. En verdad lo siento.

Había escuchado unas carcajadas cuando iba hacia el baño, pero no supo bien de dónde provenían, quizás había sido su imaginación. Cuando regresó, el rector se encontraba firmando unos documentos.

―Queda contratado, ya mi secretaria está haciendo el papeleo, el sábado tendrá que venir para firmar la póliza de seguro y para que lo afilien a un seguro de salud y, ya sabe, todos los documentos que me exigen por ley. Le descontaré tan sólo el 6%, me comprende, por retención de contrato, es sólo una cuestión de ley, si quiere leer, aquí está el decreto.

―Tranquilo, no hay problema, yo sé que ese es el procedimiento señor rector ―el hombre lo miró por debajo de los anteojos, se le notaba la fiesta, pero su rostro no dejó escapar ningún retazo de burla.

―Venga, ya sé que curso le daré. Recuerde que usted será el director. Confío en usted. ¿Puedo confiar en usted José? ―lo abrazó y mientras lo miraba con expresión interrogativa lo exhortó a caminar fuera de la oficina.

―Sí, por supuesto señor rector.

―Vamos, no se arme lio hombre, usted puede llamarme don Gregorio, ¿escuchó?, don Gregorio.

Salieron, caminaron por la sala principal, entraron a un pasillo y comenzaron a subir las escaleras.

―Le encantará, estoy seguro que le encantará, estos niños son unos angelitos. Sabe, una vez tuve un perro ¿José, usted ha tenido mascotas?

―No mi madre no me lo permite.

―Ah…. Vive con su madre.

―Sí señor, le ayudo con la casa. Estamos los dos solamente.

―Qué bueno, un hijo que ayuda  a su madre, me cae muy bien la gente así. Disciplinada, con carácter y que aman a su mamá.

Ahora un niño pecoso, de pelo quemado e hirsuto, lo jalaba del brazo. Un gordito se acercó hasta el escritorio y le hizo algunas preguntas. Cada vez más el salón se convertía en una pesadilla.

Niños, podría hacer mucho, cualquier cosa, sólo era cuestión de estimularlos adecuadamente. Los moldearía con su ejemplo, los convertiría a todos en pensadores, en científicos, sí, eso haría.

Se deshizo del abrazo del niño, se llevó las manos a las piernas y entonces se dio cuenta que se había untado los dedos con los mocos que tenía en su pantalón.

Buscó el pañuelo de lino con ribetes bermejos que su madre le había obsequiado aquella mañana para que le hiciera juego con la corbata  de seda blanca  a cuadros en colores burdeos y rojo, pero no lo encontró porque en ese momento un niño morenito lo estaba utilizando para sacarle brillo a sus zapatos negros, embetunados con una mezcla cremosa de petróleo y disolventes, que poco a poco convertían el fino pañuelo en basura.

El tiempo se dilataba casi hasta detenerse en algún punto muerto entre el miedo y el desespero, que ahora, le invadía todas sus expectativas. Se levantó del escritorio e intentó llamar a los niños al orden pero todos los intentos de “silencio”, “a sus puestos”, “ya no sigan”, “la clase va a comenzar”, fueron infructuosos.

Los pequeños se volvieron más locos y ahora daban vueltas como indios danzando alrededor de una fogata.

―¡Profe! Camilo se salió del salón.

Miró hacia la puerta entreabierta por donde había escapado el travieso y sólo pudo atisbar el polvo que le dejaban, en la estampida fugitiva,  todas las teorías del desarrollo y de la evolución que había recibido en la universidad.

Aquello parecía una porqueriza, migas de tortas y ponqués se esparcían en el piso y se convertían en una masa pegachenta que era pisada y repisada por los niños.

La mayoría llevaban las caras sucias de dulces y leche achocolatada y otros tenían el uniforme hecho trizas, rasgado, untado con tintas de bolígrafos o escarcha.

―El perro que tengo en mi casa es como un hijo para nosotros, era la mascota de Fernandito.

―¿Fernando era su hijo?

―Sí, era un gran muchacho, iba a terminar medicina, pero ya sabe, Dios le tenía un mejor destino.

―Eh….pues yo creo….

―Sabe profe, a Pirata solo le falta hablar, este perro es súper desarrollado. Y cuida la casa como un tigre. Ay de que alguien se acerque, si lo viera, se le tira a matarlo.

―Eso es bueno, así cuida la casa.

―Sí, pero Pirata es más bien consentido, un día de estos lo invito a mi casa para que lo conozca, es una belleza de animal y es súper manso con los niños, eso se deja hacer de todo. La vez pasada lo dejamos solito con las hijas de mi hermano y cuando salimos a ver lo que pasaba, vimos a Pirata disfrazado y todo pintorreteado, las niñas habían hecho lo que habían querido con el pobre animal ―se echó a reír como si acabara de recordar un chiste―, Pirata apenas nos miraba con esa paciencia de Job mientras las niñas seguían molestándolo. Cuando lo vea se va a enamorar, ya vera profe.

―Estoy seguro señor rector.

―Hombre, déjese de cortesías, ya le dije, Gregorio, don Gregorio. Bueno, ya casi llegamos, le van a encantar, es el curso de primero A, son apenas 25 niños y son muy juiciosos profesor.

Unos angelitos, nada de qué preocuparse. No sabía si salir y dejarlos encerrados para buscar al pequeño que se le había extraviado o gritar y pedir ayuda. De pronto el niño entró como un rayo.

José quedó petrificado, no había sido capaz de proferir una sola palabra durante todo el tiempo que llevaba allí y en su cara se notaba una angustia que se acercaba a los linderos siniestros que un ataque de pánico suele dejar.

Intentó concentrarse, tomó aliento y cuando pretendió caminar hacia el escritorio se percató de que unos niños le abrazaban las piernas impidiéndole caminar.

En ese momento la puerta se abrió, la cabeza del rector asomó.

―Veo que le ha ido bastante bien profesor, No le dije que eran unos angelitos. Mire no más como lo quieren y lo abrazan.

Los niños volvían a limpiarse la nariz y José miraba al rector con esa cara de perro entregado, con esa paciencia de Job, parado en todo el centro del salón con todos los mocos de los niños en los pantalones.

30 septiembre 2014

RAZONES DEL MEDITABUNDO

Ilustración de Fernando Vicente imagen google chrome

1.
IMPETUOSAS ENUMERACIONES

A.

Uno puede perderse en inútiles silencios
Diluirse,
Ofrecerse consuelos
Contiguos
En lo impredecible,
Y no volver,
No ser lo mismo.

Uno
Frecuentemente pide,
Exige en el suelo,
Que un sonido
Origine el mundo.

De estos insólitos fenómenos
Viene el desconsuelo.

Pero el infinito es como un objeto
Donde se puede mentir
Y uno concluye
Que un sueño entonces endurece.

Todo se oscurece
Vuelve el sosiego
Y el existir,
Sin ofrecernos pretextos,
Pone en el destino
Un confundido moribundo.

En los límpidos cruces
De estos descubrimientos
Uno embiste.
Uno insiste.

Este hecho
Es el que nos mueve.


E.

Uno cavila
La angustia,
Las cosas hacia un barranco
Y
Va abrazando
Hasta arrinconar,
Hasta proscribirlo todo.

A tal cosa la indican
Con pavor,
Con las manos oprimidas
Y la cara acabada.

Son los minutos con inanición,
Las horas angustiadas
Sin salvación alguna

No hay una razón
Nunca la hay,
Sólo las fachosas manías:
No ambicionar,
No suspirar
O turbar un olvido
Hacia una apartada caricia.

Uno torna a las circunstancias,
Disfrazar,
Salir a los días
Dar la vida,
Asfixiándolo todo.

Y Todo acorrala,
Como si no pasara nada. 


I.

Pero están las jornadas de verdad:
Fechas para poner una corona
O enloquecer.

Añoranzas que parecen revelar el desvelo
Que parecen augurar la coyuntura
O la resquebrajadura.

Entonces uno lucha
Se concede el gravamen,
Marcha, separando puertas,
Asolando el trasluz etéreo puesto en los huesos
O las meras carnes apretadas en lo vano.

Uno es presuntuoso,
Uno se recupera,
Busca la trampa,
El témpano que consuma.

O.

Después de cualquier día
Se vuelve a transitar,
Se reanuda la caminata,
Tambaleante,
Imprudente,
Cerca de la desgracia.

Cada fecha
Se va
Hacia las falanges que ubican la distancia.

Y se arriba,
Quizás entusiasta
En búsqueda de una respuesta.

La tierra tiene este paladar,
Esta asechanza.

Jamás se cree,
Aunque se viva de la estratagema.

Cada tiniebla tiene su medida,
La mirada precisa
Para atraer
Al fantasma

U.

Al final
El hombre
Tan parecido a la memoria
Se cansa

Entrega monedas y simientes
Y deja de exigir.

Ya no insiste,
Ya no embiste
Ni camina desamparado
Examinándolo todo.

El hombre
Comienza a creer
En lo inservible,
En las cosas con límite,
En la obcecación y en la debilidad
Y se olvida de las evocaciones
Al encontrar el desfiladero
Por donde acaba el entorno.

Los símbolos parecen
Permanecer,
No la sangre.

El fantasma en la noche se derrite,
El hielo se consolida hasta perderse.

La caza,
Nos enteramos,
Tenía el acecho en la zozobra.

2.
ACTUALIZACIONES

De la A.

La euforia de lo ordinario prevalece,
El escuálido manto se conforma.
Uno, uno es ese desahuciado.

De la E.

No hay palabras encubridoras
Solo irresolutas nubes que desaparecen:
La meticulosa manera del miedo.

De la I.

Entre esas perturbaciones,
Estimulado por la avidez de un secreto,
Uno intenta la fecundación.

De la O.

Casi desfigurado, en una herencia tirada al aire,
El ofuscado sugestiona el punto donde nacen los días.

De la U.

No de otra manera obsequiada
Es que uno logra un final caricaturesco
Muy cercano a lo pronunciable o a lo incomunicable.
Como el pavor que deja un Dios zurrapiento:

3.
ZIGZAGUEO

Auténticos juzgamientos, balbuciendo escuálidos escupitajos
Auténticos juzgamientos, balbuciendo escuálidos
Auténticos juzgamientos, balbuciendo
Auténticos juzgamientos,
AUTÉNTICOS
ESCUPITAJOS
Escupitajos escuálidos,
Escupitajos escuálidos, balbuciendo
Escupitajos escuálidos, balbuciendo juzgamientos
Escupitajos escuálidos, balbuciendo juzgamientos auténticos.

4.
FAENA Y GLAMOUR

Contraataca, rompe el liviano gesto de la angustia,
El mentado arrinconamiento y las aéreas mentiras del desespero.
Está bien llevar a los días el arcaico sostenimiento de las filas,
Poseer el escalofrío de la aorta que empalidece las cosas hasta sufrirlas
Pero no hay que borrarse ni entregarse a la caudalosa transparencia

Recuerda que eres acreedor de cuanto puedas romper en el silencio.
Tu aldea está sonriendo siempre como un entrañable gesto de la creencia,
No puedes dudarlo, el aceite que llevas prendido a tu memoria es recóndito,
De nada sirve mirarse al espejo, el dios que te creó ya no puede ser ateo.
En ti, se reúne la saliva dormida y el distraído señuelo que abre los caminos.

Desmorona la arcilla de esas pilas de antiimperialismos que  cultivaste,
Que preñaste con tierra inmóvil.Tu única abadía es la distancia.
Lo imposible hace mucho que se agrietó con tu mirada, estás por encima.
Ponte en acción, desmantela ese tributo: la repetición tediosa de los ángeles.
Sé oriundo de los que conciben, en el hueco de las obsesiones, un alarido.

No te alcances, coopera con aquellos encaprichados que pegan de frente,
Si es preciso, coagula el ardor para que la espada se forje con más espanto.
Sé héroe, muere a empellones: tú sombra huirá, jamás el ombligo, tu entraña.
Que la boina no caiga por un ideal, por un futuro estampado en la pataleta,
Aplasta el noúmeno, recuerda que toda baratija a deshoras hay que patearla.

Confía, no durarás más de un duunvirato de arbitrariedades, ni su olvido.
Ardua es la tarea que tienes para desaparecer: atenúa las lágrimas.
Aduéñate de esa imprecisión tan certera de la nada y tapona la salida.
Alquila un precipicio si estás seguro de todo lo que dejarás en el vacío.
Yo te insinúo este derecho, esta gana de golpear hasta escuchar el grito.


5.
INCOMUNICABLE CONTUNDENCIA.


Al Edén imprimí octópodos: sucusumucu.




Una pruebita del Laurel




“masticaban hojas de laurel para embriagarse y periódicamente salían corriendo en noches de luna llena asaltando a viajeros incautos y despedazando a niños o animales jóvenes”
Robert Graves


―Ven ―lo agarró del brazo y lo jaló hacia la cama hasta que el cuerpo de él quedó encima de ella―, dame un besito y dime algo, pero algo de verdad.

El hombre se escurrió de su abrazo, de esa incomoda y resuelta manifestación de una necesidad increíble de amor y sonriéndole comenzó a vestirse frente al espejo del baño.

«Otro hombre igual, una noche más sola». De nada le había servido el jugueteo inmaduro y el cursi tratamiento de dejarse llevar por las zalamerías acosadoras del deseo. De nuevo volvía  a la realidad, sin quererlo, una vez más había intentado entregarse sin mucha prisa y sin mucha ilusión.

Toda la noche había jugado con él.

Primero, la conversación necesaria y ubicua del intelecto la había utilizado para embriagarlo y hamacarlo en el fondo del "bar Daphoene"; aquel bar órfico, repleto de maniquíes desnudos que se asomaban de manera desvergonzada por el balcón y que estaba invadido por una tribu de duendes hechos en polietileno que se la pasaban colgados de aquí para allá, enredándose entre las copas y las lámparas de gas, lo sentía tan suyo y tan irreal que le parecía increíble que durante años hubiese llevado a cabo todas sus citas en aquel lugar. Justo en la biblioteca del fondo, donde el mesero ya había dispuesto la fogata, las hamacas  y había servido los cócteles, se vio remedada por una extraña chica que seducía a un extranjero. Supo entonces que el bar era su espacio ritual, un espacio de conjuro y apertura donde esos encuentros oscuramente exorcizados por la circunstancia inevitable de su soledad y su misantropía buscaban un comienzo y una esperanza.

Segundo, casi a tientas y por entre las calles empedradas de la vieja colonia, lo había llevado hasta su apartamento, esa guarida vegetal donde perdía a sus visitantes como si su biblioteca, el patio y la alcoba fueran los caminos precisos de un laberinto que era necesario cruzar para llegar a ella.

Por último, se había dejado acariciar y desvestir hasta quedar en ropa interior y le había hecho creer que su costura de mujer fatal llegaría a un clímax inimaginable en cuanto la tuviera aferrada a su locura.

Pero en el momento de la verdad. Nada ocurrió

Bajó con el hombre las escaleras de madera, quiso contarle de las orquídeas plantadas en el patio, de la matera a la que le había costado tanto trabajo colgar el velo de novia y las colas de mico pero sólo se limitó a seguirlo mientras miraba, que junto a la puerta, las dos bicicletas seguían amándose.

―Me llevo este entonces ―«Claro, pero no te olvides de devolverlo» alcanzó a repetir unas tres veces esta frase en su cerebro acorralado por una escena que ya no quería frecuentar.

―Claro ―le dijo mientras lo miraba con cara de ironía―, pero tendrás que devolvérmelo en cuanto lo termines.

«Ni que fuera un ladrón», de seguro diría eso. «Sabes, me gustaría que no te fueras, quédate e intentemos hacerlo», si tan sólo se hubiese atrevido a decirle aquello, pero ya no importaba, ahora, ella subía las escaleras completamente sola y no quería  mirar hacia el patio, donde seguro, su bicicleta estaría mirándola con odio.

La campanilla se escuchaba ya muy lejos y las ruedas de la bicicleta fugitiva llevaban por entre el empedrado a otro amante desilusionado. Apenas si tenía tiempo para dormir y descansar lo suficiente. Lo mejor sería no pensar más en eso.

El dormitorio seguía igual, silencioso y atento como un perro a la espera de su ama pero se veía en él, todavía los desastres que habían dejado los cuerpos. Para no desentonar, se sacó las bragas, aquellas que el amante huidizo hacía unas horas atrás le había intentado inútilmente zafar de sus piernas asustadas. Ya el centro mismo de su deseo no estaba caliente, pero se sentía insatisfecha, con el dolor profundo de las entrañas que se habían quedado con más ganas de lo que el miedo no había querido continuar.

Cuando el reloj la despertó se levantó como una sobreviviente buscando reconocerse entre los escombros que ella misma había creado con el bombardeo nocturno de su inestabilidad.

Medias negras, minifalda negra, correa con taches, buzo negro con cuello en V, algo de escote y un collar con un metal arcano colgando como si fuera un ataúd de hada eran todos los accesorios que había dispuesto para aquel día.

Nada de ponerse bragas, hoy sería un día aburrido y quería romper su cotidianidad con algo de rebeldía; tres palmadas en los cachetes inflados que tanto despreciaba, un poco de maquillaje, ponerse el casco, terciarse la mochila, a la bicicleta y de nuevo a ese rodar alegre que le alimentaba una extraña criatura en su interior.

Los dientes los tenía amarillos y se le pondrían más amarillos con ese café mañanero que acaba de obsequiarle el engreído de José, que socarronamente la empujaba a una charla irónica.

―Cómo que alguien se trasnochó por aquí. Yo no creo que haya sido realizando informes.

No, no había sido realizando informes, ni evaluando exámenes como él.  Se mandó de un sorbo ruidoso el café y se largó por entre los pasillos dejándolo, con el resto de sus palabras exasperantes, colgándole como babas en los labios.

La primera clase la tuvo con los chiquitos y aunque el salón parecía el mismísimo infierno, no pudo llorar, sintió alivio entre ese caos de mocosos que apenas si lograban deletrear la palabra “ácido desoxirribonucleico” y que se extasiaban intentando o lográndolo.

La vida tan fácil, tan lejos de la angustia y el temblor de saberla una ocurrencia.

El timbre la sacó del trance, era hora de dictar clase en el salón de siete dos, un curso más controversial. Le gustaba. Sentía cierta empatía por ese grupo tan heterogéneo de criaturas. De hecho, de allí provenía. Sabía que allí estaban las chicas y los chicos que les había tocado crecer muy rápido, que sabían el valor del dinero, que tenían una disciplina, aunque fueran los más problemáticos del colegio, ajustada a sus sueños y que sabían más de la vida que cualquiera.

Ella, que había tenido que trabajar desde pequeña para dárselo todo, que se había criado en los barrios marginales conociendo a los ladrones y a los jíbaros, que había aprendido a defenderse sola y había aprendido a mantener una inocencia escondida como si fuera un tesoro, parecía reconocer en ese grupo de marginados del colegio, su propia biografía. Ella sabía que en cada corazón de ese curso, estaba, en el lugar más profundo de cada latir, una caja fuerte donde, cada uno, salvaguardaba la inocencia de forma secreta.

―Nadie los va a preparar para la vida, este mundo es injusto y ustedes deben saber leerlo, no se trata de que lean estos libros de texto de sociales donde les dicen que la historia es lineal y que al parecer deviene de un sistema progresivo. El mundo no es progresista, el mundo es depredador y ustedes son su alimento.  Formant Reircer, dice que “nadie puede elaborar una idea que no escape al sistema ya ideado”, pero Floriet Liberdent, discute lo contrario y afirma, como buena feminista que es ―al decir esto las chicas se rieron, los chicos se mofaron, pero luego la dejaron continuar―, que “crear una idea es crear la escapatoria ideal  a cualquier sistema”

―Hay algún libro de Flo-riiii-et o de Foooor-mant, profesora.

―De hecho traje los dos títulos más representativos de cada uno, acercó el bolso y justo en el momento en que metía las manos para sacar los libros recordó que uno de los textos se lo había llevado el hombre que había escapado de sus brazos la noche anterior.   Se excusó, ofreció el libro de “El atlas cansado” de Floriet para que pudiesen fotocopiarlo. Y les prometió el de “Todos los trajes” de Formant para la siguiente clase.

Al menos recordaba la tesis más importante del libro. Apuntó en el tablero: Capítulo cinco: “Aporías sin lugar”. 1. Cuál es la diferencia entre una idea y una razón, 2. Qué significa crear y 3. Cómo se puede determinar el valor de una idea en la sociedad. Estaba loca, los jóvenes apenas si lograban memorizar los principales datos de la historia y ya quería meterlos en un intríngulis ético y moral. Pero así era ella. La educación o nada.

Salió del curso y se fue directo a la cafetería, allí charló con algunas chicas, las más grandes, rivalizó, simpatizó, coqueteó y, de nuevo veía, en los ojos de su adolescente preferido, los ojos de todos los hombres que no podían amarla.

El descanso terminó y entonces, su silueta, ya encorvada por el cansancio, se dispuso a ir a los últimos salones. Era el día con más carga horaria, afuera, en el mundo, llovía. Se cruzó con José quien intentó abrazarla. No se dejó manosear. Hoy no estaba para ser la mujer fatal del colegio.

―¿Pero qué diablos te pasa mujer? Le dijo sorprendido.

―Nada, sólo quiero que no me vuelva a tocar, ¿entiendes?

―¿Pero qué hice?, ¿acaso hice algo malo?

«Sí, eres un maldito pervertido que solo me busca para manosearme, eso es lo que haces idiota», lo gritó en su cabeza que comenzaba a dolerle más que de costumbre. Iba  a decirlo, pero entonces miró el café y se dijo a sí misma que si dejaba escapar la rabia, era seguro que hasta le tiraría el café.

―Sólo no me vuelvas a tocar. Te lo advierto, a la próxima no….

―Ok, ok, ya me voy, ya me fui…

Odiaba que la dejaran con las palabras en la boca. «…dime algo, pero algo de verdad».

Por qué le había tenido que decir eso, por qué se le había ocurrido esa idea. Si tan sólo se hubiera dejado llevar, quizás los hombres no buscaban sólo sexo, pero ella siempre mal interpretándolo todo.

Ahora le tocaba el grupo más grande, hacer cara de ogro, sonreír, esperar a que todos, se les diera la maldita gana de entrar.  Vaciarlos. Exigirles más atención. Que curso más engorroso. Todos los chicos y chicas de ese salón semejaban caricaturas, se movían por ahí a medio existir, como si les faltara el alma, como si el guion o la idea misma de existir fuera una payasada. La adolescencia como un gran disparate de la razón.

Entonces lo entendió. Algún día la adolescencia se acabaría y ellos tendrían que entregarse a la vida. Se pondrían un delantal, una bata, una corbata, un overol y saldrían a la calle a cumplir con sus actuaciones.

No había nada nuevo en esa rebeldía, salvo la repetición de una pequeña ilusión todo era un acto aburrido y trajinado. Se echó a reír y el salón quedó en silencio

―¿En serio eres profesora?

―Sí, ¿por qué? ¿Te parece raro que sea profesora?

―¿Qué si me parece raro? Claro que me parece raro, rarísimo. ¡Mírate!, tú vistes estilo gótico, odias el istema y te encanta tomar, todas tus posiciones son las de una rebelde nata no la de una mojigata al servicio de la educación del país. Jamás te he visto con carpetas o cuadernos. Dime una cosa, pero con sinceridad. ¿Cuánto hace que eres profesora?

― Ocho años, el próximo mes cumplo nueve ¿por qué?

― ¡Genial! ―el hombre no pudo aguantarse, se echó a reír a carcajadas.

Eso, a ella, la molestaba demasiado. Otro imbécil

―Lo siento, no pude contenerme, no me burlo de ti, me burlo del sistema, del resto del mundo. Tú eres mi heroína, me gustaría ser como tú, romper el maldito esquema, inspirar vidas. Luchar.

Aquella noche ese mismo hombre la había abandonado porque ella no había podido entregarse, porque ella le había confesado que todavía seguía siendo virgen, porque ella había querido escucharle decir algo verdadero mientras se preparaba para poder, quizás, esta vez sí poder perderse en las caricias desconocidas.

Diez, quince, veinte, cuántos más tenían que levantarse de su cama justo cuando ya la tenían en ropa interior y no eran capaces de decirle al menos una verdad. Toda su vida había luchado por mantener a salvo su inocencia y ahora estaba desesperada por perderla. Había creído en un sistema y ahora notaba que todo era una farsa de la costumbre de soñar.

Un avión de papel le cayó justo en uno de sus cachetes inflados de nostalgia.  Todos rieron mientras el teléfono sonaba en su mochila. Iba a gritarles, a darles un sermón hasta que se acabara la hora de clase, pero se abalanzó, sus brazos se abalanzaron a mirar quién la llamaba. Era él. Quizás quería disculparse, quizás, pero ahora no podía contestar. Estaba atrapada en el sistema.

Apagó el celular. Se incorporó con rabia, los jóvenes asustados ante la actitud, se sentaron y volvieron al orden. Les dijo que abrieran sus libros en la página 39.

―Hoy estudiaremos el mito de Dafne. Quién pudo encontrar algo respecto al mito, ¿hicieron el cuadro comparativo?

―Profe, yo encontré que se trata de una diosa que el dios Apolo quiso violar y entonces otra diosa la convirtió en Laurel

―Yo también encontré lo mismo

―Y yo ―dijeron otros cinco enseguida.

La clase se dilató en una explicación pueril sobre la virginidad y sobre  lo que el mito informaba acerca del temor de una mujer hacia los primeros intentos sexuales y de lo que significaba la castidad. Los jóvenes parecieron interesados, sin embargo, al final, todos comenzaron a pedirles una pruebita del laurel a sus amiguitas.

Los chicos y las chicas hacían comentarios y jugueteaban entre ellos, el salón se convirtió en una orgía de observaciones impúdicas, algunas rotundamente obscenas que giraban en torno a los cuerpos más deseados. 

De pronto, se dio cuenta que aquel libertinaje no estaba circunscrito al poder dela virginidad sino que se deslizaba alrededor de la sanguinaria avidez de la lujuria.

Ella era Dafne, la diosa masticadora de laurel que exhortaba a sus Ménades hambrientas. El timbre volvió a sonar para salvarla de sus abismos. 

Se dejó arrastrar por los pasillos hacia el salón de once como un leño podrido que naufraga entre un vaivén y otro. Se sentó, dejó a un lado del escritorio el café, miró por debajo de sus anteojos a los chicos y aseveró mal humorada:

―¿Qué, acaso no sabían? ¡Uso anteojos! Ok.

Los jóvenes la miraban asombrados, tenía las piernas abiertas, expuestas totalmente a las miradas intrépidas. 

Observaba, por la ventana, algo que ya nunca podría recuperar, estaba distante, ida del mundo. Preocupada, porque por fin entendía lo absurdo de su situación.

Seguía siendo virgen, seguía siendo manoseada y seguía queriendo ser amada, pero ¿qué sucedía, qué pasaba entre ella y ese justo acto de la entrega total?

Todo había sido una ilusión, cada vez que un hombre intentaba intimidar, ella se convertía en una hoja de laurel, en algo esquivo y lejano.

Lloró. No porque aquello estuviera mal, sino porque sabía que muchos de los hombres que había dejado ir jamás volverían, y ahora, eran como esos médicos y pintores de la gran guerra que jamás pudieron ser médicos o pintores porque habían muerto y se hallaban enterrados para siempre en el frente enemigo.

Miró por última vez hacia la ventana mientras se limpiaba las lágrimas del rostro y cuando regresó en sí, observó a sus estudiantes y se sorprendió. Los encontró allí, justo en ese lugar que tanto había reservado y al que le había dedicado su mayor recelo y sus mejores años.

De pronto, todos los jóvenes se encontraban extasiados mirándola. Se hallaban sumergidos allá adentro, en el mismo centro, de unas piernas, que ya no podía cerrar.